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Por las calles de Vietnam

Los transeúntes caminan las calles húmedas encandilados por las luces de las motos. La ciudad de Ho-Chi-Minh, que antiguamente se llamaba Saigón es cada noche una marea de faroles de moto que te abrazan como una medusa gigante. Las veredas que contienen el flujo incandescente están habitadas por mesas y taburetes diminutos donde la gente calma la sed con cerveza fresca mientras el día se apaga.

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Ho-Chi-Min fue el líder en el proceso independentista de Vietnam. Hoy la ciudad más grande del país lleva su nombre que significa “el que ilumina”.

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La mañana nos sacude con más de treinta grados y el sol repicando el cemento se hace inaguantable. La ciudad tiene mucho de francesa, pero es Vietnam sin rodeos. La calle es algo más que un enjambre de scooters a toda velocidad. Alrededor y acoplado se despliega un mercado permanente, sin estructuras ni leyes. Algunos plantan el puesto en la vereda, otros en el mercadillo del barrio, los más salen con su bicicleta y todo el bartulaje a cuestas.

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Entonces todo se monta y el caos del cableado sin ritmo, los edificios desvencijados, la gente como hormiguita alborotada parecen tener una armonía, cierta gracia, algo de familiar.

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Cuando el sol golpea de lleno la faz de la tierra nos decidimos por el museo. El de la guerra, más que un edificio de las cosas que pasaron, es un alerta ensordecedor de lo que vive el mundo actualmente. Queda a un par de kilómetros del centro, por calles de pocos arboles y mucho calor. Llegamos una hora antes del receso del mediodía, en el que el museo cierra para que el personal almuerce. Por suerte. Nosotros también necesitamos un rato para digerir y seguir adelante. Después del mediodía continuamos la visita que terminaba con imágenes y manifiestos de todos los países del mundo oponiéndose a la guerra de Vietnam. Esta guerra duro veinte años y murieron en ella millones de personas. El museo da cuenta de ello con imágenes devastadoras. Lo más llamativo es una parte donde se enumeran los crímenes de guerra cometidos como si la guerra no fuese en sí misma un crimen.

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Moraleja del día/nunca olvidar : El ser humano es un espécimen muy particular .

Películas sobre la guerra de Vietnam:

Ver Apocalypse Now!

Ver Full Metal Jacket!

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Un clásico instructivo

Hay películas que debemos ver, igual que respirar. Esta es una de ellas. La guerra está con nosotros, apocalipsis now.

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Apocalypse Now ver online

Título original Apocalypse Now – Año1979-Duración 153 min.-PaísEstados Unidos Estados Unidos-Director Francis Ford Coppola-Guion John Milius, Francis Ford Coppola (Novela: Joseph Conrad)-Música Carmine Coppola, Francis Ford Coppola-Fotografía Vittorio Storaro-Reparto Martin Sheen, Marlon Brando, Robert Duvall, Frederic Forrest, Sam Bottoms,Albert Hall, Laurence Fishburne, Harrison Ford, Dennis Hopper, G.D. Spradlin,Christian Marquand, Aurore Clément, Cynthia Wood, Colleen Camp, Damien Leake,James Keane, Herb Rice, Scott Glenn-Productora United Artists / Omni Zoetrope Production-Género Bélico. Drama | Guerra de Vietnam. Película de culto

 

La historia que no se dice. Un paseo por Laos.

Ahí nomas me entraron unas ganas de llorar, de esas que te duele la garganta y el dolor baja rápido hasta pincharte la boca del estómago. Es que ese tipo ahí, con dos dedos menos, enseñándome a tejer bases de filamentos de bambú para hacer canastas donde poner el arroz cocido, había perdido 10 años de su vida en la guerra y América, como él decía, le había quitado mucho más que dos dedos. Seguramente, pensé, con esa mano había disparado cientos de veces contra la minoría Hmong, también laosianos, que peleaban para el ejército norteamericno, por promesas que nunca llegaron. Tan incomprensible y enmarañada me pareció la vida por un instante y tan inhabitable el mundo que construimos, que quise llorar sin consuelo, pero no lloré.

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Llegamos con la cabeza alborotada. Todo el viaje por Laos fue un descubrir lo siniestro. Caminamos hacia el norte desde Muang Noi y después doblamos a la derecha. El camino de tierra roja estaba húmedo todavía por la fuerte tormenta del día anterior. En plena temporada de lluvias los ríos crecen y los caminos se anegan, pero todavía para ese entonces, el sol llegaba a deshacer el trabajo del agua de un día para el otro. A los costados unas montañas de recortes prehistóricos. El paisaje era verde como no habíamos visto otro por la zona. El río se oía más fuerte o más lejano, dependiendo del zigzag del sendero, pero siempre nos servía como guía.

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Nam ou es uno de los ríos mas importantes de Laos, su nombre significa literalmente “río cuenco de arroz” que es básicamente lo que organiza la vida en las inmediaciones, el arroz y sus momentos: la preparación del terreno, la siembra y la cosecha, después secarlo, pelarlo, hervirlo o venderlo. Un círculo sin principio ni fin, repetido por generaciones.

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En algún punto tuvimos que cruzar el río. Un hombre que salió de entre los árboles de la rivera nos preguntó nuestro destino y luego nos señaló el camino, mientras empezaba a sumergir los pies en la orilla. Después lo vimos alejarse con su arma de fuego colgada en la espalda. Nosotros volvimos a acordonar los borcegos que nos habíamos quitado para atravesar el agua descalzos. 

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Unos carteles hechos a mano sobre trozos de madera sin forma nos dieron la bienvenida. Avanzamos entre gallinas y chanchos sueltos, hacía varios días me preguntaba cómo distinguían cuales animales eran de cada quien. Presintiendo algo de la respuesta hice la pregunta cuando viajábamos por el sur, una frase poco precisa, por lo menos para mis categorías de lo mío y lo tuyo, me hizo saber que no les interesaba demasiado esa distinción, que los chanchos y las gallinas siempre eran menos que los suficientes y que los mataban según la necesidad.

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Después de los animales vimos a los integrantes de la tribu, miraban a través de las ventanas de unas casas siempre abiertas. En un telar de mil formas una joven tejía las polleras que todas las mujeres visten, un viejo afilaba su guadaña y los nenes jugaban desnudos en la calle. El tiempo corre a otro ritmo en algún lugar de la tierra y nosotros amoldamos nuestro paso a él.

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El hombre que sostenía con sus pies un tejido de bambú, nos saludó dos veces. Tenía los anteojos en la punta de la nariz, casi tocándole la sonrisa. Nos sentamos en unas sillas de plástico que miraban hacia afuera, en la aldea no había veredas, las casas y los talleres eran continuaciones de la calle de tierra. El taller de Siwon estaba pegado a su casa. Desde donde estábamos se veía a su mujer hablando por un teléfono en altavoz a través de la ventana.

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Yo 6-6 dijo y no nos preguntó nada. Me senté a su lado y me explicó el tejido, 1, 2, 3 y de nuevo repetía 1, 2, 3, acomodando las varillas prolijamente, en pocos minutos armó el tejido y me invitó a seguirlo. Intenté imitarlo, pero fue en vano, hay cosas que sólo se aprenden con el tiempo.

Nos mostró el contenido de los bolsones que ocupaban más de la mitad del taller, eran raíces para enviar a Vietnam para hacer harina. Después, me llevó a su casa para enseñarme todas las cosas que se pueden hacer con bambú, y fui descubriendo que todo era del mismo material: los gorros, las tamizadoras de arroz, los cuencos para cocinarlo y guardarlo, las paredes y el techo. La vida era arroz, bamboo y tiempo. Nos volvimos a sentar. Él agarró unos libros de casas construidas bajo tierra en distintos lugares del mundo y mientras nos leía, le preguntamos qué había pasado con los dos dedos que le faltaban, ahí vino la historia. Mientras me tragaba la bronca él se paró por tercera vez para mostrarnos su uniforme, yo me quedé en la silla de plástico pensando en el pasado.

Cuando se declaró la guerra de Vietnam, Laos manifestó su neutralidad, es que ellos sabían que habitaban un terreno estratégico y lo que intentaban era evitar un destino tan ineludible como abominable. Por ser el lugar de paso entre China, Camboya, Tailandia y Vietnam, Laos tuvo y tiene que sufrir demasiado. Como la maldición de un dios endemoniado los laosianos tuvieron que vivir una guerra que no se dijo y como todo lo que no se dice, pareciera que no existió. Entre 1964 y 1973 se llevó adelante una guerra secreta con base en el sur del país. Estados Unidos negoció con las minorías laosianas de las montañas para entrar en el territorio y conseguir soldados para destruir la ruta de Ho-chi-min que alimentaba desde el norte al  Vietcong (Frente Nacional de Liberación de Vietnam) en el sur. Se estableció entonces una base en Long Cheng  (sur de Laos) donde se asentaron agentes de la CIA para capacitar al ejercito Hmong y desde donde se digitaban las operaciones militares. Desde allí partían la mayoría de los aviones para bombardear tanto Vietnam como Laos. Desde allí se enviaban toneladas de heroína hacia Norteamérica, producida con el opio cosechado por los Hmong, comercio liderado por la CIA que servía para financiar la guerra.

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Laos fue el país más bombardeado en la historia de la humanidad, aunque nunca entró a esa guerra por decisión propia. Se lanzaron 2.1 millones de toneladas de explosivo, un promedio de una bomba cada 8 minutos las 24hs del día por nueve años seguidos y se invirtieron 13 millones de dólares por día en el bombardeo durante el mismo período. La guerra terminó hace más de tres décadas, pero aún hoy siguen muriendo centenares de personas por año por bombas no explotadas, se estima que sólo un tercio explotó cuando fueron tiradas, el remanente yace actualmente en suelo laosiano contaminando el 80% del territorio, tal es así que el número de víctimas por explosiones tardías asciende a 300 por año. Todavía hoy, el Pathet Lao persigue a los Hmong por su participación en la guerra, mejor dicho, por la de sus abuelos, pero ellos tienen que pagar, entonces viven escondidos en la selva, sin comida, con nada, o se refugian en Tailandia, cuando logran cruzar la frontera y allí viven, en un país que intenta expulsarlos, en campamentos de refugiados, sin comida, con nada. Esa gente perdió sus familiares, fueron y son atacados con armas químicas, no tiene casas ni tierra que cultivar y nadie responde por ellos, ni por las bombas, ni por las vidas perdidas, ni por el hambre.

La historia de Laos es una historia de demasiada muerte y atrocidades.

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Siwon parecía contento por nuestra visita, yo me fui con ganas de quedarme, con una mezcla de amargura y esperanza. Volvimos al camino, de nuevo cruzar el río, los campos de arroz y las nubes de lluvia. El tiempo corre tan lento que parece que no pasa en algún lugar de la tierra.

Documental sobre las bombas no explotadas en Laos

Documental sobre la guerra secreta en Laos

Documental sobre la realidad Hmong hoy

Reflexiones del otro lado del globo

Una cámara de fotos water proof, porque seguro hago alguna inmersión de buceo, la malla, un par de ojotas, un sombrero y el bronceador, ropa poca total allá todo sale un dólar, la mochila está lista y empieza la aventura. Llegamos al sudeste y nada nos decepciona. La oferta de actividades es mayor de la que esperábamos y la gente es muy amable. La playa es mágica y la ropa efectivamente está un dólar, claro la fabrican acá, en talleres de los cuales seguro nos horrorizaríamos, pero esta vez la compramos. Los vendedores, porque aquí se vende todo, se ponen insistentes y nosotros andamos rezongando que no somos una billetera caminando, ellos tienen siempre una sonrisa y nosotros poca paciencia.
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Desde el museo de los vestigios de la guerra de Vietman en Saigón/ Ho Chi Min pienso qué ironía que resulta todo, ellos con una sonrisa y occidente perdiendo la paciencia fácilmente. Y justo allí mirando el presente con fotos del pasado pienso en mi viaje por estos lares. El Sudeste asiático puede ser un viaje de playas y templos, de mares turquesas, puestas de sol, budas y sahumerios, de chucherías en los mercados y comida barata.
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Este recóndito pedacito de mundo, que casi se cae del mapa para los occidentales y queda a más de 20 horas de vuelo, puede suponer el descubrimiento de otras culturas y religiones, una expedición exótica incentivada por las fotos coloridas de revistas de viajes, el viaje más económico a un destino remoto que nos podemos permitir, fiesta asegurada y podría seguir.
Same same but different, un viaje al sudeste también puede ser encontrarse con ciudades llenas de basura acumulada, que recibe numerosas ratas apenas cae el sol, con administraciones corruptas que poco hacen por el bienestar de los pobladores del lugar, con playas llenas de plástico, en las que hay que buscar el ángulo para que la foto se vea como en las publicidades y la arena blanca no esté manchada por los restos del almuerzo de los numerosos visitantes que llegan a diario. El Sudeste es prostitución de menores, extranjeros ostentando niñas en bares de precio turista, timos y sobreprecios en cada esquina y mucha desigualdad y pobreza.
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El Sudeste es la injusticia de playas enteras conquistadas por resorts de propiedad Rusa, China y el menor medida Alemana, pegados a casillas que no tienen ni agua potable ni luz. Es un sinfin de actividades montadas para el turista que destruyen el medio ambiente y nada tienen que ver con la cultura local, con las cuales se enriquece solo el sector que se pudo vincular al turismo, mientras la mayoría mira con calma un porvernir sin cambios. Es también guerras de hace muy poco, más alguna guerra de hoy y aquí me voy a detener.
Podemos hacer un resumen al mejor estilo telediario de medianoche donde no nos dicen nada pero creemos que nos dijeron todo y nos vamos a dormir tranquilos. O podemos buscar un camino más largo y menos acorde a los tiempos actuales de mensajes rápidos, textos cortos, reflexiones poco críticas y escuchas con prisa como dice nuestro amigo Mario. Cada uno tomará su mejor opción, aquí solo recordaremos un rincón del mundo que poco aparece en las noticias, los manuales y los libros de historia, pero que puede echarnos luz para pensarnos hoy de manera más integral.
Si solo pensamos un segundo en que la guerra de Vietnam termino hace tan sólo 40 años; que la guerra no fue solo la guerra sino también el bombardeo sistemático de sus países vecinos, Laos y Camboya, para evitar el avance del comunismo, que ello permitió el ascenso de los jemeres rojos que llevaron adelante el genocidio de una generación completa y que el resto del mundo dio vuelta la cara. Que esas intervenciones del mundo occidental en el Sudeste asiático tienen aún hoy consecuencias devastadoras. Y que mucho de lo que se vive en un lugar es gracias a lo que no se vive en otro. Si a la luz o mejor dicho a la sombra de tanta muerte e injusticia nos pensáramos hoy, con las invasiones en Siria y Palestina, el conflicto Coreano o la intervención en distintos países del tercer mundo, con toda la basura tecnológica de lo que diariamente consumimos vertida en estos países del final del mundo, que también sirven de mano de obra barata para la fabricación de tantas cosas que no precisamos para vivir, tal vez no nos encontremos en un par de décadas visitando horrorizados museos de los vestigios o campos de exterminio llenos de calaveras, tal vez los mares no tendrán más plástico que agua, tal vez el despliegue anti-terrorista de la actualidad y el anti-comunismo de antaño no se traduzcan en un anti-otro de mañana, y la guerra no sea por el petroleo, el agua o el Sol, sino que no haya guerra. Un viaje al sudeste además de playas azules, templos y monjes, banana pancake y pad thai, el encuentro con culturas muy distintas y la gracia de la hospitalidad casi permanente, fue para nosotros un viaje a nuestros días, la invitación a descubrir en profundidad que pasa hoy en el mundo, lejos y cerca de casa, para que el viaje futuro sea con museos de más colores y menos rejas.