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Fringe

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El Fringe es el festival de artes escénicas más grande de todo el mundo, se lleva a cabo en las calles de Edimburgo durante el mes de Agosto. Este festival independiente nació hace 70 años en las puertas del Festival Internacional de Edimburgo cuando ocho artistas que fueron rechazados en el mismo decidieron montar su performance alrededor del festival oficial. Después de siete décadas, el Fringe, ganó fama y prestigio y hoy recibe a artistas de todo el mundo, vende 2,475,143 tickets  para 50,266 performances de 3,269 shows en casi 300 escenarios. 

Participar en el Fringe no requiere la aprobación de un comité evaluador como en el Festival Internacional de Edimburgo, solo basta con inscribirse a tiempo porque la demanda es muy grande.

El festival es un espacio abierto para todo tipo de expresiones artística, se plantea desde sus orígenes como un espacio experimental que intenta promover la libertad creativa y descentralizar la el arte como fenómeno cultural.

Al convivir con otros festivales en simultáneo el Fringe tiene lugar en una ciudad que quintuplica su población para este mes del año, por eso es recomendable reservar alojamiento y entradas con anticipación.

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Varios shows promocionan su espectáculo en la Royal Mile, invitando a espectadores con intervenciones muy originales.

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Hay también artistas callejeros que muestran su espectáculo en la calle y trabajan a la gorra.

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Este es Tim Scanlan un artista que nos gustó mucho.

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Para participar y comprar entrada la información está en la página oficial del festival:

https://www.edfringe.com/

También te puede interesar nuestra cobertura de Sigur Ros en el Festival Internacional de Edimburgo 2016.

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Mustang

Ser mujer, en América -de norte a sur-, en Europa, en Asia, en África y Oceania, es a cada instante ser objeto de violencia y opresión, en las relaciones laborales, en la pareja, en la calle, en la familia, en todos y cada uno de los espacios. Pero por suerte queda la potencia, la posibilidad de cambiarlo todo, de luchar con cada acción, en cada una de las decisiones, hasta el último aliento.

Esta película nos muestra una realidad que nos rodea y nos invade. Mustang es una película francesa, su realizadora es de origen turco y en su obra relata la vida de cinco adolescentes que viven en un pequeño pueblo al norte de Turquía.

Ver Mustang (2015) online

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Título original Mustang- Año2015- Duración97 min.- PaísFrancia Francia- Director Deniz Gamze Ergüven- Guion Deniz Gamze Ergüven, Alice Winocour- Música Warren Ellis- Fotografía David Chizallet, Ersin Gok- Reparto Günes Sensoy, Doga Zeynep Doguslu, Tugba Sunguroglu, Elit Iscan,Ilayda Akdogan, Nihal G. Koldas, Ayberk Pekcan- Productora Coproducción Francia-Turquía-Alemania; CG Cinéma / Vistamar Filmproduktion / Uhlandfilm / Bam Film- Género Drama | Familia. Adolescencia

 

 

Las pirámides de Egipto y nuestros amigos palestinos.

Egipto

Antes de viajar chequeé una y mil veces la página de la embajada de la Argentina en Egipto, me contacté con gente que estaba por viajar a Egipto igual que nosotros, en un par de semanas, en medio de la revolución. Hacía poco, se había cumplido un año de la masacre de Portsaid, en el partido de fútbol entre Al-Masry y Al-Ahly, y los enfrentamientos se reprodujeron. Este conflicto tenía un fuerte trasfondo político ya que cada uno de los equipos defendía respectivamente al régimen de Mubarak y la liberación de los pueblos árabes.

Habían pasado ya dos años de la revolución egipcia que derrocó al dictador Mubarak y Morsi estaba actualmente en el poder, pero la población seguía disconforme. Eran muchos años de corrupción y hambre de las mayorías.

Nosotros teníamos mucho miedo, los medios de comunicación mostraban un país al rojo vivo que asistía a una escalada de violencia sin precedentes. Finalmente, en una decisión un poco más instintiva  que racional, decidimos ir.

Llegamos al Cairo de noche. La mayoría de nosotros asociamos la noche al peligro, lo oscuro es siempre algo amenazante, el negro es un color malo. Cuando era chica, mi hermana que es mucho menor, le temía a la oscuridad y yo tenía que dormir con la luz prendida toda la noche, de lo contrario, ella no podía descansar en paz. A veces, dejaba prendido también el televisor porque era todavía más efectivo, y yo me aprendía de memoria los capítulos de los Rugrats y del chico con cabeza de balón, intentando develar cuál era la diferencia entre con luz y sin luz. La luz no es menos peligrosa que la oscuridad, el blanco no es mejor que el negro, de noche, solamente de noche brillan las estrellas y nosotros pudimos cruzar el Cairo tranquilos porque era de noche y la ciudad estaba durmiendo. Ni bien llegamos paramos cerca de las pirámides para visitarlas más fácilmente.

Nuestros primeros días los pasamos en Guiza, a unos kilómetros del centro del Cairo, y enfrente, justo enfrente de las pirámides. Esta opción nos parecía más oportuna pensando siempre que estar en el centro sería más peligroso. Esta fotografía de la actualidad egipcia que construimos leyendo lo que otro, con intereses creados contaban, estaba lejos de la realidad. El Cairo no era ni más ni menos peligroso que cualquier otra capital del mundo. Su gente estaba movilizada y comprometida, pero obviamente eso no implicaba ningún riesgo para nadie más que los que detentaban el poder de manera fraudulenta.

Las pirámides

Yo siempre me imaginé que las pirámides quedaban en el medio del desierto, que había que caminar horas bajo el sol para llegar, programando cuánta agua era necesaria para la travesía, pero no, Keops, Kefren y Micerinos estaban, ahí nomás, cruzando la calle desde nuestra habitación. Las pirámides están en el medio de un barrio empobrecido, con una autopista que pasa ahí atrás, a no muchos metros. Esto no quita que las pirámides no sean impresionantes, el sólo hecho de pensar en la organización de la comunidad entorno a su construcción, la cantidad de trabajo y sudor, las vidas que vieron pasar, me eriza la piel. Sin embargo, no son algo perdido en el medio de la nada, están ahí entre los comerciantes que intentan vender sus artículos, entre los dueños de camellos que no se cansan de ofrecerte un paseo por el predio, entre mucha gente que lleva adelante sus días de mucho trabajo y poca paga y que ya naturalizó las pirámides como parte del paisaje.

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Por el barrio de Guiza comimos los falafel más ricos de todo Egipto, mientras los vecinos llevaban en andas el cajón fúnebre de uno de ellos que ya había pasado a mejor vida, la gente se agolpaba para comprar el pan subvencionado por el gobierno, los más chicos se acercaban a jugar con nosotros. En medio de la revolución, por las calles de Egipto, me sentí segura, y esto no es poca cosa tratándose de un país árabe y musulmán donde más de las tres cuartas partes de las mujeres están la mayor del tiempo en sus casas, no trabajan ni tienen mucha presencia en la escena pública y cuando la tienen, es bajo sus ropajes negros y holgados. Lo que sucedía allí es que la comunidad se involucraba permanentemente en la cosa pública, cualquier cosa que sucediera en la calle, una pelea, un choque, un niño perdido hacía que todos y cada uno tomaran parte en el asunto. Por lo tanto, uno nunca se sentía solo, desamparado. Esta característica fue una de las cosas que más admiré de los egipcios, su capacidad de involucrarse, de interesarse por el otro. Guiza no era un lugar bello, era amenazante, vertiginoso, sucio y, sin embargo, uno se sentía seguro comiendo en la orilla de la vereda, viendo los camellos pasar, pero ya ven, al igual que las imágenes que nos venden de las pirámides, no todo es lo que parece.

Guiza 1

Cuando nos mudamos al centro del Cairo, el hotel donde paramos no era como en las fotos, los edificios de la ciudad eran muy antiguos, algo lúgubres y derruídos, cada entrada era aventurarse en un nuevo mundo, ya que las construcciones albergaban en sus distintos pisos los más variados negocios, casas de familia, hoteles y quien sabe que más.

Edificios del Cairo

El primer impacto fue algo temerario pero después descubrimos que todos los inmuebles tenían las mismas características y que como la andanza de perderse en las callecitas del Cairo, entre mercados y mezquitas, era todo un acontecimiento vagar por sus antiguas edificaciones, viajar en sus ascensores de madera con puertas manuales, subir las grandes escaleras de mármol y descubrir en cada piso una nueva historia que contar.

Mezquitas del cairo

Centro del Cairo

El taxi que nos llevó desde Guiza hasta el centro no fue la excepción. El recorrido debía costar algo de 20 liras turcas según nuestros cálculos y el taxímetro que rápidamente fue apagado por el conductor, pero si bien el taxista parecía agradable, cuando nos bajamos del taxi intentó cobrarnos mucho más de lo debido. Tampoco sentado al volante parecía tener el tamaño que tenía cuando se bajó del auto en medio de nuestra pelea. Y allí estábamos discutiendo con un grandote frente al alojamiento sin poder llegar a un acuerdo. En menos de unos minutos la policía y varios vecinos se hicieron presentes en medio de la calle repleta de autos.

Tránsito en el Cairo

Nosotros estábamos con las mochilas y lo único que queríamos era llegar, siempre nos parece una mala idea la de tomar un taxi pero a veces es necesario. Habitualmente intentamos negociar el precio al inicio para no tener ningún problema, pero como el taxista accedió a poner el taxímetro, cosa muy poco común por cierto, pensamos que nos habíamos eximido del engaño. Finalmente, ganamos la batalla, porque insistimos y porque la mayoría estaba a nuestro favor. La situación era horrible porque nosotros podíamos darnos cuenta que el país estaba en una crisis total de desigualdad y opresión para todos los trabajadores, pero tampoco íbamos a permitir que sacaran ventaja sobre nosotros que también habíamos hecho mucho esfuerzo para estar allí.

Por suerte y para pasar el mal trago, cuando llegamos al hotel nos recibió cálidamente Mohamed, un joven que creía fervientemente en la revolución y en la posibilidad de cambiar la realidad. Con el primer té de muchos empezamos a hablar de la situación política, de los deseos de libertad y justicia de la sociedad egipcia, la sangre corría ferviente por nuestras venas, parecía como si nos hubiésemos despertado de un sueño profundo invadidos por las ganas de correr a conquistar nuestros ideales. Mohamed es de esas personas que inspiran, que te invitan a cuestionarte, que se cuestionan.

Ese mismo día, él nos presentó a Mohamed y Adam. Nuestro primer encuentro fue muy agradable, tal es así que nos invitaron a cenar esa misma noche. Para nosotros, era raro que alguien que no conocíamos nos invite a cenar, a su vez eran mis primeros días en Egipto y todavía no me había acostumbrado a una situación que se repetiría más a menudo de lo que deseaba: ser la única mujer entre todos hombres, en los bares, en los hoteles, en los micros.

Esa noche hablamos principalmente de cómo era la vida en nuestros respectivos países, nuestras actividades en el día a día, dónde trabajábamos, cómo eran la relaciones entre hombres y mujeres, que hacíamos los fines de semana para despejarnos y descansar. “Los palestinos jugamos al fútbol con granadas” nos dijeron riéndose en la cena. Un chiste que representaba bastante claramente lo que la mayoría piensa del pueblo palestino. Esa noche tomamos conciencia de la masacre, de la injusticia, de la miseria de este mundo. Sí, ya lo sabíamos pero verlo en los ojos de las víctimas no fue lo mismo. Saber que no tienen estadios, que no hay espacios públicos para compartir, espectáculos, aeropuertos, que todos perdieron a alguien de su familia, instaló en nosotros un profundo interrogante: ¿Por qué nos matamos entre nosotros? ¿Por qué?

La noche supo aligerar los pesares, entre café y narguile intercambiamos experiencias de vida y tantas cosas que no eran lo que parecían: el amor, la religión, nuestras culturas. Lo que más nos gusta de conocer gente es descubrir y tratar de entender la vida ajena, los deseos y los ideales del prójimo… y comprender finalmente que todo, todo, es muy relativo y distante de las miradas llenas de prejuicios e imágenes armadas con las que observamos el mundo cotidianamente.

Mohamed, Mohamed y Adam

Mercados. Primera parte.

En un centro de detención cerca del aeropuerto, con el ruido de las turbinas de fondo, Samba, de Senegal, dice: “Enserio? Contame!”

Y Jonás, del Congo, con entusiasmo empieza a relatar su historia de amor: “En España, trabajábamos juntos en los tomates. Una mañana hubo una gran redada, corrí al pueblo para salvarme, corrí como un loco, y de repente una puerta se abre y una mano me agarra…”

Samba: “era ella?”

Jonás: “era ella…”

Por la noche, después de ver Samba (hacé click aquí para verla), la película donde aparece este diálogo, en el cual Samba y Jonás hablaban de sus vidas en Francia como inmigrantes ilegales, me desveló una idea que viene a mí a menudo: cuántas historias hay detrás de cada objeto, de cada persona…cuáles serían las historias detrás de los tomates que esa misma mañana había comprado yo en el mercado.

Excedida de cafés, una cadena de pensamientos se empezó a armar en mi mente y una cierta fijación emergió entorno a mi mañana en el mercado.

Nunca antes me había puesto a pensar en el placer que sentía al visitar los mercados de cada ciudad. La alegría de los colores, el camino pausado de los visitantes buscando los mejores precios y productos, los diferentes modos de acomodar la mercadería para cautivar la atención de los compradores, los olores penetrantes. Intenté repasar los mercados visitados, sus características, sus especificidades.

Cuánta personas reunidas en el mismo espacio y tiempo por un mismo motivo: intercambiar. Cuánta gente esa mañana, mientras preparaba algo caliente para tomar, pensó: hoy hay mercado. Cuántas familias se organizaron la noche anterior para su jornada de trabajo fuerte al día siguiente. Cuántos productos embalándose para ser transportados.

Y allí en el mercado el juego silencioso de los compradores, buscando, comparando. La selección minuciosa, la respiración acompasada del comprador de al lado que intenta cazar primero las mejores piezas. El ritmo de la gente recorriendo los pasillos, sin prisa, sin sobresaltos. Y el sin fin de intríngulis entre feriantes, proveedores, organizadores, municipales…

Mercado Atenas

Cuán lejos quedaba la tierra de la cual habían salido esas frutas y verduras? Qué trabajadores las habían cultivado? Cuáles eran sus historias de amor? Cuantos dueños habían tenido las prendas que se exponían en los puestos? Por cuántos países habían viajado? Dónde iríamos cada uno de nosotros después de nuestra visita al mercado? Cuáles las penas que arrastrábamos?

Ya eran como las 4 y tanto de la mañana y el mundo se me aparecía demasiado inabarcable, esos momentos de la noche dónde a uno le entra la desesperación de la finitud, por suerte después llega el sueño que todo lo barre por lo menos hasta el otro día, cuando la rueda vuelve a girar.

Esa mañana mientras calentaba el agua para tomar algo caliente, decidí comenzar una lista no exhaustiva de los mercados que conocí, sin orden ni sistematizidad, como el aquelarre de los mercados, mis recuerdos desalineados me llevaron a Roma, quizá porque el comercio fue la actividad central en la antigua Roma, quién sabe…

Recorrí con mi mente el interminable mercado de Porta Portese, su ropa usada de un euro, sus antigüedades y sus reliquias, los cuadros y esculturas de mármol, la multitud de inmigrantes buscando abrigo económico. Repasé los colores de las frutas y verduras de Campo di Fiori, entre edificios de otras épocas y fuentes de piedra. Allí mismo, donde hacía ya muchos años tenían lugar las ejecuciones públicas, donde la sangre ha sido derramada, ahora se levantaba un mercadillo donde los romanos llenaban sus neceseres.

Campo de Fiori

Me fui a Buenos Aires, pleno San Telmo, volví a sentir la suavidad de los guantes de cuero viejo y la mezcla de horror y ternura al ver los bebes de plástico sin ropa en las vidrieras, las lámparas de pequeños cristales formando un abanico de colores cuando la luz de la bombilla se chocaba con ellos, los discos clásicos del rock nacional, el olor a tabaco y café, los puestitos de antigüedades de latas que me trasladaban a mi infancia de yo-yo, trompos y perinolas.

San Telmo

Volví a Atenas, entre ruinas y calles zigzagueantes, entre plazas de cemento y músicos a la gorra importados de Europa del Este. Recapitulé las salida con urgencia del mercado de pescados por el olor inaguantable a tripas embebidas en mar. El aroma a ramas de canela que nos sacó del asco. Las aceitunas de todos los verdes, marrones y negros, de todos los tamaños y precios.

Grecia negocio de especias

Las cerezas rojo profundo que se deshacían en nuestras bocas, mientras los vendedores de carne acomodaban sus cortes cual piezas de museo. La vieja de los pistachos. La gente yendo y viniendo.

Grecia mercado

Crucé el globo hasta China, me perdí entre sapos y tortugas que me hicieron entender que mi vida es una entre tantas muy distintas. Las flores de te, de distintos tamaños y colores, su capacidad de transformarse después de entrar en contacto con el agua hirviendo y volverse otras, más grandes, más etéreas. La gente con sus carros eligiendo cuál gallina va a ser la próxima en encontrar su muerte, el ritual de selección. La calle húmeda y el cielo gris. Nosotros volveríamos a nuestro hostel en el barrio viejo y en miles de casas empezaría a hacer burbujas el agua de las ollas para preparar la cena.

China mercado

Mercados China

Recordé el mercado apostado en el frente del Templo Confucio, en Suzhou, todo estaba ubicado en el piso, había pequeños objetos antiguos, monedas, vajilla y una atmósfera enrarecida, tal vez, porque había pocas mujeres en el lugar y los hombres reunidos alrededor de las mercancías los asocié, de manera simplista e infantil, a la mafia china, tal vez, porque este mercado tenía pocos colores, y no había allí mucha gente. Probablemente esta era causa de mis percepciones, el escenario incompatible y la rápida relación que establezco entre mercado, gentío, vida, vibración, acogida, me hacían sentir este lugar como un sitio peligroso y mustio.

Mercado Confucio

Me dí cuenta que todavía me quedaban muchos mercados por rememorar, con una sonrisa en la cara, pensé: la próxima!