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Bien limpitas las japonesitas

Qué es lo más lindo de Tokio? Es difícil elegir una sola opción. Creo que con mucho esfuerzo serán dos: andar en bicicleta por la ciudad y meterse en un onsen cuanto arremete el frío. Lo de la bicicleta es un placer que no depende del lugar, entonces pasemos a los onsen.

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Onsen son los baños termales que hay en todo Japón. El terreno volcánico de las islas permite que el agua emerja calentita desde el centro de la tierra en cualquier rincón del país. De allí que se puedan encontrar baños por todos lados. Los onsen, baños públicos/comunes de aguas termales, son un sitio muy peculiar. En ellos los japoneses pasan muchas horas, también comen, juegan a las cartas o toman un té entre amigos. La mayoría son bajo techo, los menos tienen piletas al aire libre. El ticket diario no tiene límite de permanencia y las salas están divididas para hombres y mujeres. En la entrada se dejan los zapatos, como en casi todos los lugares en Japón y después de pagar el ticket se pasa a las salas. Allí uno debe quitarse la ropa y guardarla en lockers, en ese espacio hay secadoras de pelo, tensiómetro, balanza  y algunas cosas más -la mayoría de pago-, también están los cuencos y banquitos que se usan en la zona de las piletas para bañarse antes de entrar a ellas. En ese otro espacio, en el que hace mucho calor -es bueno llevarse agua o una botella para recargar- hay shampoo y jabón líquido. El sector de duchas no está separado de las piletas, son unos duchadores muy bajitos para los cuales son necesarios esos banquitos que estaban afuera, luego hay varias piletas con distintas temperaturas, desde casi 50 grados a 10 aproximadamente, en las cuales es muy importante entrar desnudo, bañado y con el pelo recogido.

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Los baños comunes no son un lugar con glamour, son algo muy típico y tradicional, es un lugar de socialización muy importante para los japoneses. No pude averiguar si ir a los baños comunes tiene que ver sólo con el poder curativo de las aguas termales, si es una tradición de antaño o si tiene que ver con el tamaño diminuto de sus hogares, en los cuales el baño no es la excepción entonces los onsen permiten realizar una inmersión relajante que de otra forma sería imposible para la mayoría.

La experiencia es muy agradable, al principio es un poco extraño porque no está muy claro qué es lo que uno puede hacer y qué no, pero imitando a los nativo es fácil encontrar la lógica.

Este texto que está a continuación es el producto de un taller de escritura que hago con Francisco Magallanes y está basado en mi experiencia en los baños públicos japoneses.

Las mujeres del baño público

Después de llegar a la avenida hay que doblar a la derecha. Cruzar y tomar la  calle de la tabaquería: está  escondida en la manzana pero las luces de las máquinas expendedoras de mitad de cuadra sirven de señuelo.

En el norte se puede ver una torre gigante que por la noche se enciende con luces de colores. Todo alrededor parece conservar un orden silencioso pero son cientos los que pisan el cemento al ritmo de cada luz de semáforo. Una prolijidad de milenios esconde la esquizofrenia arquitectónica de la ciudad. Edificios que penetran el cielo se suceden con casas que resisten los años y la rapiña del hormigón. Las veredas están adornadas con macetas diminutas que se multiplican ante los ojos e imprimen algo de color a una ciudad en la que ya no quedan espacios de tierra para sembrar.

Cuando se apaga el murmullo suave de la avenida, sigue el barrio. Las calles se angostan, la ropa se seca en las ventanas, buscando un poco del aire que escasea en el interior. La marea humana tomó otro cause y sólo se pueden ver algunos viejos en chancletas paseando perros diminutos.

Un cartel verde indica la entrada. La primer puerta es transparente y de vidrio. El comienzo: sacarse los zapatos y  guardarlos en unos aparadores que van del techo al suelo sin pausa. Las puertas de cada receptáculo tienen vidrio y número para identificar fácilmente el propio calzado después de la aventura.

La segunda puerta es corrediza y de madera. Allí, en la recepción, dejo el ticket y el abrigo. Hay tres  hombres alrededor de una mesa.   Sostienen una charla pasajera, lo leo en sus gestos. Busco dónde dejar el bolso, pero para eso todavía falta otra puerta. Con una sonrisa alguien me indica que pase por la derecha.

Allí hay dos cortinas, una roja y otra azul, de un hule pesado e impermeable. La humedad seduce y llama. Soy mujer, me corresponde la roja. Trasciendo la cortina y el vapor me devora.

En esa habitación me quito la ropa y la pongo en un receptáculo donde solo caben mis pertenencias. Lo cierro con llave. El llavero, elástico, me sirve para recogersme el pelo.

La última puerta es de vidrio y como todo lo que hay del otro lado está chorreando agua. Ya desnuda, entro. La sala está llena de vapores. El brillo de los azulejos refleja un paisaje deformado por las gotas que se deslizan. En el suelo se juntan con el resto de las aguas y jabones y todos ensamblados bajan por la canaleta que lleva al desagüe.

Las duchas se encuentran a casi un metro del suelo. Justo debajo hay un espejo que devuelve a todas su silueta durante el baño. Los vidrios empañados disimulan el cuadro renacentista que se forma con la escena.

Al costado de la puerta se apilan banquitos y palanganas de plástico. Elijo un juego y me sienta frente a una ducha vacía. Lleno  de agua el recipiente y copio el ritual que realizan las demás.

Me choco con mi imagen en un fondo de seres desnudos que deambulan sin inhibición.  Observo los volúmenes, las texturas, el bello y sus distribuciones, los faltantes y sobrantes, los colores, la diversidad. Respiro la comodidad de ser sin disfraces.

Alguien me habla. Reconozco a esa mujer, también la vi ayer en el mismo lugar. No hablamos el mismo idioma, pero nos entendemos por señas. Registro el deber  de emprolijar mi pelo recogido antes de entrar al agua hirviendo. Respondo con una reverencia.

Comienzamos al unísono la ceremonia de limpieza. Los torsos se tapan de espuma. Con pedazos de lienzo jabonoso recorren su morfología en una danza lenta y sensual. El ambiente huele a limpio. El juego que despliegan los espejos enfrentados forman un colage psicodélico. Trocitos de cuerpos ajenos, desnudos y enjabonados se mezclan según el ángulo de observación. Las burbujas blancas viajan sobre las superficies, se detiene en las cavidades y toma velocidad con las curvas, dejando una estela que el agua borra lentamente. Así todo vuelve a empezar. Con cada episodio la apuesta es más alta: más agua, más jabón, más espuma.

Las mujeres pasan mucho tiempo lavando sus cuerpos,  los embadurnan y enjuagan limpiando las tristezas. Los frotan con fuerza y vierten grandes cantidades de agua para eliminar cualquier residuo de sensaciones.

Después entran al agua caliente, entrecierran los ojos y descansan. Los rostros se relajan y la mente desprovista de todo comienza a volar. Sin vestigios, sin rastros del día, más livianas y puras se elevan.

El agua purifica, reinventa. Entonces entran y salen. Se asean y acicalan. Se quitan los restos de muerte. Y vuelven al agua. Otra vez se friegan y purifican. El circuito se repite, por horas, la tarifa es una sola. Espuma, limpieza, hervor, espuma. Todo se barre de a poco. Las nostalgias, los pesares, las alegrías y las pasiones. Sin remanentes, la vida se reinicia. Listas para enfrentar de nuevo el mundo, se visten y salen, las mujeres del baño público.

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