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Las vicisitudes de compartir la morada. Parte 3.

Llegaste a Nueva Zelanda, varias cosas para organizar. Si buscas casa, mirá cómo conseguir alojamiento en Nueva Zelanda, si salís a hacer los mandados mirá tips para hacer las compras en Nueva ZelandaFaltaría lo más importante, buscar trabajo, para eso visitá la página más completa que hay respecto a la Working Holiday en Nueva Zelanda Yomeanimoyvos.

Nuestra experiencia de trabajo en Nueva Zelanda fue principalmente en la ciudad, en bares y supermercados. Esto tiene las ventajas de vivir en la ciudad y poder aprovechar su oferta cultural y de actividades, generalmente también uno puede hablar más el idioma y perfeccionarlo, con la desventaja de que en ocasiones la capacidad de ahorro es menor, pero esto es muy relativo. Nuestro consejo para conseguir trabajo es armar un CV y salir a recorrer, esta fue la forma más efectiva según nuestra experiencia.

Si te agarraron nervios, relajate leyendo nuestras historias de casa compartida y pensá que vas a conseguir trabajo más rápido de lo que imaginás!

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Acto tres. Casa uno.

Mount Victoria ParkFrío en Wellington. Nos alojamos en Lodge in the City…

Un lugar deprimente, su precio era la única razón para elegirlo. La cocina imposible de sucia, los pisos pegoteados, todas las ollas y los platos engrasados, muchas hornallas, prácticamente ninguna en funcionamiento. Los baños, escalofriantes, las alfombras con olor a rinoceronte y una sala de pool que parecía el descanso del tren fantasma. Había pasado una semana y todavía no conseguíamos trabajo, nos turnábamos en el pesimismo y siempre concluíamos, si en tres semanas no sale nada, movemos a otra ciudad. El chino del Fish and Chips de la vuelta, nos daba aliento cada día. Nosotros, intentábamos creer en sus vaticinios pero el tiempo pasaba, y nada.

Lodge in the City nos hacía perder plata y anímicamente no aportaba mucho, por eso empezamos desesperadamente a buscar una casa. Un poco con la esperanza de encontrar un trabajo y quedarnos ahí, un poco sabiendo que, tal vez, era una mala jugada.

La habitación era fría. En el living la estufa estaba prendida al máximo, exageraciones que a uno lo hacen dudar. La sospecha de percibir en el maquillaje exacerbado la necesidad de ocultar lo inevitable. Fiona fue muy simpática, al máximo, igual que la estufa. Alguien sabrá la razón por la cual quería huir de la casa lo antes posible. Se juntaron nuestras desesperaciones. Su “lo antes posible”, más el nuestro, resultaron en que a los dos días, ella se fue y nosotros llegamos con un colchón en andas que trasladamos por ocho cuadras ante la mirada atónita de los transeúntes.

A los varios días conocimos a Zane, con su largo pelo negro azabache y sus pantalones bien ajustados, siempre negros. Los ojos verdes, dulces, eran como un páramo en su imagen de metalero. La vida junto a Zane era tranquila, los árboles del fondo habían empezado a florecer y con la llegada de la primavera solíamos juntarnos en la mesa del fondo a charlar. Nos contamos nuestros viajes, nuestros aprendizajes a lo largo de la vida y coincidíamos siempre. Esa sensación mezcla de calma y felicidad como cuando encontrás una pieza que encastra en un rompecabezas de mil.

El aire se enrareció a los pocos días de los primeros brotes. Me llamó la atención la obsesión con la que Kate, la otra chica que vivía en la casa, ordenaba las ollas sobre las hornallas, mientras cocinábamos juntas, la impunidad con la que manipulaba mis alimentos en plena cocción. Esa noche, la del presagio de la tormenta, no encontramos los cubiertos en el cajón sino en living, acomodados con una exactitud milimétrica al costado de una mesa armada con premura, la precuela de una escena de película, obsesiones de nuestra flatmate que con un día y medio de anticipación, acomodó la mesa, preparó la comida y el postre y me persiguió segundo a segundo para que no deje migas en la mesada porque sus compañeras de trabajo vendrían a cenar en más de 36 horas.

Entonces, en el medio de una tarde serena, se desata la tormenta. Pablo es acusado de gastar el gel de limpieza facial de nuestra compañera de casa nro 1., Kate. Pablo no se maquilla y se lo explica a ella. También le aclara que se compra sus propios víveres, por lo tanto no precisa usar las cosas de nadie. Ella enloquece. También denuncia tener menos café. Pablo repite parsimoniosamente la explicación. Ella se encierra en el baño y empieza a golpear todo. Nos reunimos con Pablo y su novio, el de Kate, en la puerta del baño. Yo digo en español, total los otros dos no entienden: esta mujer está muy loca, mejor encerrémonos en la habitación, andá a saber dónde termina esto!!! Pregunto ingenuamente si había antecedentes de este episodio al novio. Me dice que no, primera vez. Qué raro pensé, todo indicaba que algo no andaba bien hace rato. Él la conoce hace dos años. No percicbió nada. Un negador. En medio de todo el exabrupto, sale Kate, la otra, la vecina de atrás. Intenta desconcertada ponerse al tanto. Pablo adrenalínico hace el reporte de los hechos. Yo me voy recluyendo en la habitación. El novio pide a gritos la salida. Ella sale. Salta por la ventana trasera del baño con rumbo desconocido. El baño cerrado por dentro. Ella no aparece ni responde el teléfono. La salimos a buscar. Después de media hora la encontramos. Escondida en el porche se ríe de nosotros con la mirada perdida.

Final del acto tres.

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Las vicisitudes de compartir la morada. Alojamiento en Nueva Zelanda y mandados, Parte 2

Si ya conseguiste alojamiento (si todavía estas buscando lee Conseguir alojamiento en Nueva Zelanda), lo que sigue es salir a hacer los mandados. Y sí, mal que nos pese, si queremos ahorrar un poco nos conviene mandadear y cocinar. Aquí te dejo un link para que te organices a la hora de Hacer las compras en Nueva Zelanda y a continuación, la continuación de nuestras experiencias compartiendo casa!

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Acto dos. Casa dos.

Mount Victoria

Mount Victoria mi vecindario de bienvenida aunque esta era mi segunda casa.

La primera impresión cuando conocí a Locati fue: hay algo en su mirada que me hace sentir perdida, algo en sus manos que me dan cierta tristeza. Pero las condiciones eran buenas y pensé que, tal vez, era un juicio apresurado. Unos meses después confirmé una vez más que las primeras impresiones cuentan, porque justamente lo que determinó mi huida fue sentirme perdida con sus cambios de humor, sus ironías y el pesar que generaba en mí su desidia, su melancolía.

Después de la puerta, la escalera que subía a mi habitación, un pasillo zigzagueante y al final la cocina. Me gustaba la luz que entraba por la ventana, la que dejaban pasar las casas del final de la colina de enfrente. Siempre busco la luz, me gustaba sentarme al calor natural que generaba el sol a través del vidrio y pasar ahí el rato. Entre la mesa y la mesada no había mucho espacio, para estar realmente cómodos, cuando éramos más de dos, debíamos armar un rompecabezas con las sillas, ya que las mismas solo admitían una combinación posible. Sobre la mesada, la pava eléctrica y la tostadora y algunas migas olvidadas del desayuno.

Pero…un momento…¿Dónde está la tostadora? Cuando las cosas habitan siempre el mismo lugar y un día deciden mudarse, de manera inminente uno registra su falta y parece que está desordenado o demasiado ordenado, en fin, diferente. Busqué en una cocina que era lo suficientemente chica como para encontrar todo en no más de cinco minutos. En la mesada: no. En la mesa: no. En el armario: no. Sobre la heladera: no. ¿Dónde está la tostadora?

Me pareció raro, estaba segura de haberla visto esa misma mañana en su lugar. Hice una segunda repasada visual, porque tal vez había descuidado algún rincón y ante la negativa, decidí bajar a preguntarle a Locati el paradero de la tostadora.

Tirado en la alfombra, de costado, sosteniéndose la cabeza con una mano, estaba Locati. Me miró desde abajo y me saludó tranquilamente, como era su costumbre. Al instante, como resultado de un rápido registro panorámico, vi la tostadora, junto a él, también en el piso. Que raro, pensé. -Buscaba la tostadora- le dije, tratando de desentrañar por qué la tostadora estaba en el piso de su habitación. Tal vez se había roto, se me ocurrió. -Ah, sí, la tengo yo, la traje acá porque me quería fumar un cigarrillo y no encontré el encendedor, pero ya la subo- me dijo tranquilamente, como era su costumbre.

Subí la escalera, todavía pensando en la relación de los hecho que me describió como tan normales, quiso fumar, no encontró el encendedor, entonces agarró la tostadora y la llevó a su pieza para prender sus cigarros… después de repasar dos o tres veces la idea, todavía me resultaba de una rareza extraordinaria prender un cigarrillo con la tostadora, pero así era él.

Final del acto dos

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Si todavía no la viste, te podés mirar Una casa de locos (hacé click sobre el nombre), una película divertida que aborda este tema…

Las vicisitudes de compartir la morada. Alojamiento en Nueva Zelanda, Parte 1

Si llegaste a este post es porque estas por viajar a Nueva Zelanda con la Working Holiday (o ya llegaste) y querés resolver el tema alojamiento, por eso, si estás buscando la información concreta y toda compactada te invito a que visites el siguiente link CONSEGUIR ALOJAMIENTOEN NUEVA ZELANDA. Ahora si tenés un rato y querés leer mis experiencias compartiendo casa, quedate en este post y seguí leyendo la parte 1 de la trilogía.

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Acto uno. Casa tres.

kelburn

Salí cansada y aburrida, no me gusta hacer el mismo trabajo durante mucho tiempo. Hacía ocho meses que trabajaba haciendo jugos y licuados, ocho meses en Nueva Zelanda, en la misma ciudad.

Dado que el plan inicial era estar a lo sumo tres meses en cada ciudad, ocho meses era casi tres veces nuestro plan corrompido. Sin embargo, cuando crucé la puerta y el sol iluminó mis mejillas, ese sentimiento gris se empezó a mezclar con mi entusiasmo por llegar a casa, preparar un café caliente y sentarme a escribir. Mis ansias crecían con las cuadras. La subida empinada antes de la llegada no me desanimó, las ventajas de tener un buen propósito.

Entré rápido, el aroma a pis de gato de la alfombra me dió un buen sopapo y aún así seguí adelante, decidida, ya casi no quedaban rastros del hastío de unos minutos atrás.

Agarré el café que tenía en la pieza, sí en la pieza, no es que me guste tanto el olor a café que uso los paquetes como aromatizante, la razón es otra: mi compañera de casa, la señorita “No pago la renta, ni me compró nada, total se lo puedo sacar a los demás” es tan fanática del café como yo, sólo que ella no tiene reparos a la hora de tomar el ajeno.

Ya en la cocina, distraída en los verdes de los árboles que se ven desde la ventana, puse a calentar el agua. Musicalizada por la melodía eléctrica de la pava, que por suerte no dura más que 45 segundos, intenté descubrir figuras en la luz filtrada por las hojas de las plantas que cotidianamente hacían de mis estadías en ese lugar un momento placentero. Por esos meses había empezado a refrescar en Wellington y los días de sol no abundaban. Me imaginé el café humeante sobre el escritorio que en ese entonces estaba en el patio de luz. A esa altura estaban por llegar los ratones, que desplazaron mi oficina de juguete a mi habitación, no quería compartir con ellos ningún espacio y se habían empecinado en invadir la parte trasera de la casa. Así que derrotada, trasladé todo a la pieza, el escritorio del antiguo compañero de casa, la silla del actual, una lámpara sin dueño y el alargue que me había traído de mis casa anterior, la número dos. Pero para eso faltaban unas semanas, todavía por esos días me sentaba en el patio de luz o la habitación de sol (traducción exacta del inglés) al lado del ventanal a tomar mi café caliente.

Todavía en la cocina, esperando el click de la pava que indica que se apagó y en medio de mis divagues, me interrumpe un: -Do you have some lipsticks?- que significa: tenés algún pintalabios (como le digo yo)?, -Eeeee…- digo, lo bueno de las frases que no necesitan traducciones, -Lipsticks you know- haciendo una seña como pintándose los labios en el aire y yo pienso, sí, sí, sé lo que es, lo que no sé es si prestártelo, -ok!- dije-One minute-. De camino a la pieza me debatía entre sí o no, por ahí lo precisa, pensé, pero algo me decía que no se lo preste, los platos sucios todo el tiempo, los abusos cafetales… sin mucha claridad tomé mi lápiz labial, salí de la habitación y le dije -I have this one- que significa: tengo este, ella lo agarró y desapareció como una ardilla. Yo me quedé medio perdida en el pasillo, lejos de mi café humeante, de mis papeles escritos y de mis musiquitas que no más de cinco minutos atrás estaban ahí al alcance de mi mano.

Pude intuir después de que mi vecina, “No me importa nada y qué”, cerró casi en mis narices la puerta del baño, el sentido de apropiación que ella rápidamente experimentaba con mis pertenencias. Entonces, en una acción meramente preventiva le dije -Are you thinking to keep it the whole night? Cause I will need it!-, es decir: Te lo pensás llevar toda la noche porque lo voy a precisar! -No it´s ok- contestó, -So give me it back in the bathroom-, agregué…

Algún gesto de ella me había dejado intranquila. Más tarde, aún sin recobrar mi tranquilidad de sol por la ventana descubrí qué era lo que me intranquilizó. Cuando la vi salir corriendo, y decidí chequear el baño, me encontré con la amarga noticia de mi lápiz labial ausente. Era la mentira en su mirada lo que me quitó la calma algunos minutos antes. Porque desde el inicio mi vecina de casa compartida tenía un plan: hacerse de mi pintalabios, que sabía estar en el baño pero ya no más a esa altura, para usarlo toda su noche de bares, y yo, pude develar su maquinación con sólo una mirada, pero guardé silencio, la dejé hacer su maniobra y después me enojé conmigo. Frente a la ventana del baño, donde tenía que estar mi labial gusto a fresa yacía la nada misma y ante el triste hallazgo sentí que la bestia Impotencia me abrazaba por detrás.

Fin del acto uno.

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Aquí les dejó una película vinculada a la temática, es la primera de una trilogía (pueden hacer click sobre el nombre): Una casa de locos (2002)