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“La ruta del café”, nota en la revista Almundo Marcopolo

Aquí les compartimos un artículo que escribimos para la revista Almundo Marcopolo, donde  contamos nuestras experiencias del cafe en distintos puntos del planeta tierra. No te la pierdas!

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Las mujeres de Láo Cai, radiografía del norte de Vietnam.

En la plaza, en las calles empinadas, en la ladera de la montaña, haciendo equilibrio entre plantaciones de arroz, las mujeres de  Láo Cai van con una sonrisa amplia, invadiendo cada rincón de la provincia más norte de Vietnam.

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Pertenecen a las etnias Hmong, Dao Do, Tay y Giay . Hablan vietnamita, inglés, francés, un poco de español, de coreano, y si hace falta se hacen entender. Aprendieron los idiomas por fonética, entonces sus frases son como versitos de un canto y las palabras se apelotonan en oraciones indivisas. A veces, no se entiende lo que dicen, pero es solo al principio, después uno se acostumbra, se encariña y se divierte con sus conversaciones atrevidas y su ingenio para lograr su cometido. Las mujeres de Láo Cai lo hacen todo: vendedoras, guías, traductoras, amas de casa, administradoras del homestay, cocineras, trabajadoras de la tierra. Si pudiera imaginar la región sin ellas, las ciudades serían un cementerio y la montaña un desierto. Ellas siempre están allí incansables, como hormiguitas alborotadas, trabajando se sol a sol.

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Alegres siempre están alegres, no se enojan ante el “No”, sólo insisten y por si acaso, insisten. Te abordan en la plaza y en las calles del centro, te preguntan tu itinerario y te ofrecen variadas alternativas para que puedas elegir, pero si no eliges, no importa, te dejan su teléfono y si no las llamas, no importa, ya te encontraran mañana con la sonrisa y las ganas renovadas.

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No temas, no muerden -como ellas dicen- , todo lo contrario, son muy amables y divertidas y te ayudan a evitar a la agencias de turismo, que generalmente ofrecen peores servicios a mayores precios.

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Las mujeres de Láo Cai son bajitas y achinadas, llevan falda, botas de goma y accesorios de color. En la plaza de Sapa se pasean bajo el sol húmedo con la cara brillante de sudor y algún niño colgado en sus espaldas; más al norte en Bac Ha se reúnen el fin de semana a intercambiar productos de la zona y en las escalinatas de la calle principal cuentan los billetes que juntaron en el día. En Láo Cai el lugar son sus mujeres.

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Por las calles de Vietnam

Los transeúntes caminan las calles húmedas encandilados por las luces de las motos. La ciudad de Ho-Chi-Minh, que antiguamente se llamaba Saigón es cada noche una marea de faroles de moto que te abrazan como una medusa gigante. Las veredas que contienen el flujo incandescente están habitadas por mesas y taburetes diminutos donde la gente calma la sed con cerveza fresca mientras el día se apaga.

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Ho-Chi-Min fue el líder en el proceso independentista de Vietnam. Hoy la ciudad más grande del país lleva su nombre que significa “el que ilumina”.

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La mañana nos sacude con más de treinta grados y el sol repicando el cemento se hace inaguantable. La ciudad tiene mucho de francesa, pero es Vietnam sin rodeos. La calle es algo más que un enjambre de scooters a toda velocidad. Alrededor y acoplado se despliega un mercado permanente, sin estructuras ni leyes. Algunos plantan el puesto en la vereda, otros en el mercadillo del barrio, los más salen con su bicicleta y todo el bartulaje a cuestas.

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Entonces todo se monta y el caos del cableado sin ritmo, los edificios desvencijados, la gente como hormiguita alborotada parecen tener una armonía, cierta gracia, algo de familiar.

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Cuando el sol golpea de lleno la faz de la tierra nos decidimos por el museo. El de la guerra, más que un edificio de las cosas que pasaron, es un alerta ensordecedor de lo que vive el mundo actualmente. Queda a un par de kilómetros del centro, por calles de pocos arboles y mucho calor. Llegamos una hora antes del receso del mediodía, en el que el museo cierra para que el personal almuerce. Por suerte. Nosotros también necesitamos un rato para digerir y seguir adelante. Después del mediodía continuamos la visita que terminaba con imágenes y manifiestos de todos los países del mundo oponiéndose a la guerra de Vietnam. Esta guerra duro veinte años y murieron en ella millones de personas. El museo da cuenta de ello con imágenes devastadoras. Lo más llamativo es una parte donde se enumeran los crímenes de guerra cometidos como si la guerra no fuese en sí misma un crimen.

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Moraleja del día/nunca olvidar : El ser humano es un espécimen muy particular .

Películas sobre la guerra de Vietnam:

Ver Apocalypse Now!

Ver Full Metal Jacket!

La historia que no se dice. Un paseo por Laos.

Ahí nomas me entraron unas ganas de llorar, de esas que te duele la garganta y el dolor baja rápido hasta pincharte la boca del estómago. Es que ese tipo ahí, con dos dedos menos, enseñándome a tejer bases de filamentos de bambú para hacer canastas donde poner el arroz cocido, había perdido 10 años de su vida en la guerra y América, como él decía, le había quitado mucho más que dos dedos. Seguramente, pensé, con esa mano había disparado cientos de veces contra la minoría Hmong, también laosianos, que peleaban para el ejército norteamericno, por promesas que nunca llegaron. Tan incomprensible y enmarañada me pareció la vida por un instante y tan inhabitable el mundo que construimos, que quise llorar sin consuelo, pero no lloré.

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Llegamos con la cabeza alborotada. Todo el viaje por Laos fue un descubrir lo siniestro. Caminamos hacia el norte desde Muang Noi y después doblamos a la derecha. El camino de tierra roja estaba húmedo todavía por la fuerte tormenta del día anterior. En plena temporada de lluvias los ríos crecen y los caminos se anegan, pero todavía para ese entonces, el sol llegaba a deshacer el trabajo del agua de un día para el otro. A los costados unas montañas de recortes prehistóricos. El paisaje era verde como no habíamos visto otro por la zona. El río se oía más fuerte o más lejano, dependiendo del zigzag del sendero, pero siempre nos servía como guía.

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Nam ou es uno de los ríos mas importantes de Laos, su nombre significa literalmente “río cuenco de arroz” que es básicamente lo que organiza la vida en las inmediaciones, el arroz y sus momentos: la preparación del terreno, la siembra y la cosecha, después secarlo, pelarlo, hervirlo o venderlo. Un círculo sin principio ni fin, repetido por generaciones.

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En algún punto tuvimos que cruzar el río. Un hombre que salió de entre los árboles de la rivera nos preguntó nuestro destino y luego nos señaló el camino, mientras empezaba a sumergir los pies en la orilla. Después lo vimos alejarse con su arma de fuego colgada en la espalda. Nosotros volvimos a acordonar los borcegos que nos habíamos quitado para atravesar el agua descalzos. 

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Unos carteles hechos a mano sobre trozos de madera sin forma nos dieron la bienvenida. Avanzamos entre gallinas y chanchos sueltos, hacía varios días me preguntaba cómo distinguían cuales animales eran de cada quien. Presintiendo algo de la respuesta hice la pregunta cuando viajábamos por el sur, una frase poco precisa, por lo menos para mis categorías de lo mío y lo tuyo, me hizo saber que no les interesaba demasiado esa distinción, que los chanchos y las gallinas siempre eran menos que los suficientes y que los mataban según la necesidad.

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Después de los animales vimos a los integrantes de la tribu, miraban a través de las ventanas de unas casas siempre abiertas. En un telar de mil formas una joven tejía las polleras que todas las mujeres visten, un viejo afilaba su guadaña y los nenes jugaban desnudos en la calle. El tiempo corre a otro ritmo en algún lugar de la tierra y nosotros amoldamos nuestro paso a él.

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El hombre que sostenía con sus pies un tejido de bambú, nos saludó dos veces. Tenía los anteojos en la punta de la nariz, casi tocándole la sonrisa. Nos sentamos en unas sillas de plástico que miraban hacia afuera, en la aldea no había veredas, las casas y los talleres eran continuaciones de la calle de tierra. El taller de Siwon estaba pegado a su casa. Desde donde estábamos se veía a su mujer hablando por un teléfono en altavoz a través de la ventana.

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Yo 6-6 dijo y no nos preguntó nada. Me senté a su lado y me explicó el tejido, 1, 2, 3 y de nuevo repetía 1, 2, 3, acomodando las varillas prolijamente, en pocos minutos armó el tejido y me invitó a seguirlo. Intenté imitarlo, pero fue en vano, hay cosas que sólo se aprenden con el tiempo.

Nos mostró el contenido de los bolsones que ocupaban más de la mitad del taller, eran raíces para enviar a Vietnam para hacer harina. Después, me llevó a su casa para enseñarme todas las cosas que se pueden hacer con bambú, y fui descubriendo que todo era del mismo material: los gorros, las tamizadoras de arroz, los cuencos para cocinarlo y guardarlo, las paredes y el techo. La vida era arroz, bamboo y tiempo. Nos volvimos a sentar. Él agarró unos libros de casas construidas bajo tierra en distintos lugares del mundo y mientras nos leía, le preguntamos qué había pasado con los dos dedos que le faltaban, ahí vino la historia. Mientras me tragaba la bronca él se paró por tercera vez para mostrarnos su uniforme, yo me quedé en la silla de plástico pensando en el pasado.

Cuando se declaró la guerra de Vietnam, Laos manifestó su neutralidad, es que ellos sabían que habitaban un terreno estratégico y lo que intentaban era evitar un destino tan ineludible como abominable. Por ser el lugar de paso entre China, Camboya, Tailandia y Vietnam, Laos tuvo y tiene que sufrir demasiado. Como la maldición de un dios endemoniado los laosianos tuvieron que vivir una guerra que no se dijo y como todo lo que no se dice, pareciera que no existió. Entre 1964 y 1973 se llevó adelante una guerra secreta con base en el sur del país. Estados Unidos negoció con las minorías laosianas de las montañas para entrar en el territorio y conseguir soldados para destruir la ruta de Ho-chi-min que alimentaba desde el norte al  Vietcong (Frente Nacional de Liberación de Vietnam) en el sur. Se estableció entonces una base en Long Cheng  (sur de Laos) donde se asentaron agentes de la CIA para capacitar al ejercito Hmong y desde donde se digitaban las operaciones militares. Desde allí partían la mayoría de los aviones para bombardear tanto Vietnam como Laos. Desde allí se enviaban toneladas de heroína hacia Norteamérica, producida con el opio cosechado por los Hmong, comercio liderado por la CIA que servía para financiar la guerra.

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Laos fue el país más bombardeado en la historia de la humanidad, aunque nunca entró a esa guerra por decisión propia. Se lanzaron 2.1 millones de toneladas de explosivo, un promedio de una bomba cada 8 minutos las 24hs del día por nueve años seguidos y se invirtieron 13 millones de dólares por día en el bombardeo durante el mismo período. La guerra terminó hace más de tres décadas, pero aún hoy siguen muriendo centenares de personas por año por bombas no explotadas, se estima que sólo un tercio explotó cuando fueron tiradas, el remanente yace actualmente en suelo laosiano contaminando el 80% del territorio, tal es así que el número de víctimas por explosiones tardías asciende a 300 por año. Todavía hoy, el Pathet Lao persigue a los Hmong por su participación en la guerra, mejor dicho, por la de sus abuelos, pero ellos tienen que pagar, entonces viven escondidos en la selva, sin comida, con nada, o se refugian en Tailandia, cuando logran cruzar la frontera y allí viven, en un país que intenta expulsarlos, en campamentos de refugiados, sin comida, con nada. Esa gente perdió sus familiares, fueron y son atacados con armas químicas, no tiene casas ni tierra que cultivar y nadie responde por ellos, ni por las bombas, ni por las vidas perdidas, ni por el hambre.

La historia de Laos es una historia de demasiada muerte y atrocidades.

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Siwon parecía contento por nuestra visita, yo me fui con ganas de quedarme, con una mezcla de amargura y esperanza. Volvimos al camino, de nuevo cruzar el río, los campos de arroz y las nubes de lluvia. El tiempo corre tan lento que parece que no pasa en algún lugar de la tierra.

Documental sobre las bombas no explotadas en Laos

Documental sobre la guerra secreta en Laos

Documental sobre la realidad Hmong hoy