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Reflexiones del otro lado del globo

Una cámara de fotos water proof, porque seguro hago alguna inmersión de buceo, la malla, un par de ojotas, un sombrero y el bronceador, ropa poca total allá todo sale un dólar, la mochila está lista y empieza la aventura. Llegamos al sudeste y nada nos decepciona. La oferta de actividades es mayor de la que esperábamos y la gente es muy amable. La playa es mágica y la ropa efectivamente está un dólar, claro la fabrican acá, en talleres de los cuales seguro nos horrorizaríamos, pero esta vez la compramos. Los vendedores, porque aquí se vende todo, se ponen insistentes y nosotros andamos rezongando que no somos una billetera caminando, ellos tienen siempre una sonrisa y nosotros poca paciencia.
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Desde el museo de los vestigios de la guerra de Vietman en Saigón/ Ho Chi Min pienso qué ironía que resulta todo, ellos con una sonrisa y occidente perdiendo la paciencia fácilmente. Y justo allí mirando el presente con fotos del pasado pienso en mi viaje por estos lares. El Sudeste asiático puede ser un viaje de playas y templos, de mares turquesas, puestas de sol, budas y sahumerios, de chucherías en los mercados y comida barata.
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Este recóndito pedacito de mundo, que casi se cae del mapa para los occidentales y queda a más de 20 horas de vuelo, puede suponer el descubrimiento de otras culturas y religiones, una expedición exótica incentivada por las fotos coloridas de revistas de viajes, el viaje más económico a un destino remoto que nos podemos permitir, fiesta asegurada y podría seguir.
Same same but different, un viaje al sudeste también puede ser encontrarse con ciudades llenas de basura acumulada, que recibe numerosas ratas apenas cae el sol, con administraciones corruptas que poco hacen por el bienestar de los pobladores del lugar, con playas llenas de plástico, en las que hay que buscar el ángulo para que la foto se vea como en las publicidades y la arena blanca no esté manchada por los restos del almuerzo de los numerosos visitantes que llegan a diario. El Sudeste es prostitución de menores, extranjeros ostentando niñas en bares de precio turista, timos y sobreprecios en cada esquina y mucha desigualdad y pobreza.
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El Sudeste es la injusticia de playas enteras conquistadas por resorts de propiedad Rusa, China y el menor medida Alemana, pegados a casillas que no tienen ni agua potable ni luz. Es un sinfin de actividades montadas para el turista que destruyen el medio ambiente y nada tienen que ver con la cultura local, con las cuales se enriquece solo el sector que se pudo vincular al turismo, mientras la mayoría mira con calma un porvernir sin cambios. Es también guerras de hace muy poco, más alguna guerra de hoy y aquí me voy a detener.
Podemos hacer un resumen al mejor estilo telediario de medianoche donde no nos dicen nada pero creemos que nos dijeron todo y nos vamos a dormir tranquilos. O podemos buscar un camino más largo y menos acorde a los tiempos actuales de mensajes rápidos, textos cortos, reflexiones poco críticas y escuchas con prisa como dice nuestro amigo Mario. Cada uno tomará su mejor opción, aquí solo recordaremos un rincón del mundo que poco aparece en las noticias, los manuales y los libros de historia, pero que puede echarnos luz para pensarnos hoy de manera más integral.
Si solo pensamos un segundo en que la guerra de Vietnam termino hace tan sólo 40 años; que la guerra no fue solo la guerra sino también el bombardeo sistemático de sus países vecinos, Laos y Camboya, para evitar el avance del comunismo, que ello permitió el ascenso de los jemeres rojos que llevaron adelante el genocidio de una generación completa y que el resto del mundo dio vuelta la cara. Que esas intervenciones del mundo occidental en el Sudeste asiático tienen aún hoy consecuencias devastadoras. Y que mucho de lo que se vive en un lugar es gracias a lo que no se vive en otro. Si a la luz o mejor dicho a la sombra de tanta muerte e injusticia nos pensáramos hoy, con las invasiones en Siria y Palestina, el conflicto Coreano o la intervención en distintos países del tercer mundo, con toda la basura tecnológica de lo que diariamente consumimos vertida en estos países del final del mundo, que también sirven de mano de obra barata para la fabricación de tantas cosas que no precisamos para vivir, tal vez no nos encontremos en un par de décadas visitando horrorizados museos de los vestigios o campos de exterminio llenos de calaveras, tal vez los mares no tendrán más plástico que agua, tal vez el despliegue anti-terrorista de la actualidad y el anti-comunismo de antaño no se traduzcan en un anti-otro de mañana, y la guerra no sea por el petroleo, el agua o el Sol, sino que no haya guerra. Un viaje al sudeste además de playas azules, templos y monjes, banana pancake y pad thai, el encuentro con culturas muy distintas y la gracia de la hospitalidad casi permanente, fue para nosotros un viaje a nuestros días, la invitación a descubrir en profundidad que pasa hoy en el mundo, lejos y cerca de casa, para que el viaje futuro sea con museos de más colores y menos rejas.
 
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Ko Phi Phi diez años después

Llegamos a la isla y como esos descubrimientos abrumadores que uno hace de niño, donde se da cuenta que el mundo no es como en los cuentos que nos contaban para hacernos dormir, descubrimos, de primera mano, los estragos que puede hacer el hombre con la belleza natural.

Ko Phi Phi

Phi Phi diez años después era básicamente, basura, olor a sucio, y edificación desmedida.

Estábamos viajando por Tailandia y decidimos que debíamos visitar la mítica playa de la película La Playa. Yo había ido hacía diez años y recordaba el lugar como lo más parecido al paraíso, Pablo, quería conocer Ko Phi Phi más allá de nuestras sospechas de lo que tristemente descubriríamos al arribo.

Si bien esta isla ubicada en el oeste de Tailandia sobre la costa de andamán sigue otorgando al viajero unas playas muy bonitas, el crecimiento desmedido del turismo en la zona han descolorido su encanto.

Hace diez años se podían contar los bares con los dedos de las manos, uno podía perderse entre la vegetación o sentarse al atardecer a contar unas pocas embarcaciones que se hamacaban sobre el agua.

El mar en Ko Phi Phi

En esta segunda visita intentábamos descubrir nuevos caminos en medio del cemento para evitar los olores a basura y sistemas cloacales colapsados o buscar alguna playa que no esté atestada de barcos y envases de plástico flotando en el agua.

A Ko Phi Phi se llega en barco desde Phuket o Krabi, los aeropuertos más cercanos están en estas mismas ciudades. En la isla no hay vehículos por lo que si uno quiere moverse por las diferentes playas lo debe hacer caminando (cuando se puede) o en barco. La variedad de alojamiento es mucha, así como los lugares donde comer, lo mejor siempre es recorrer y comparar precios, alejándose de la zona más turística.

El centro es una seguidilla de locales y alojamientos. Laberíntico. Agobiante. Constituye un sitio acogedor para consumistas empedernidos, pero si lo que buscabas era aire, espacio, dispersión y tranquilidad Ko Phi Phi no es la parada correcta.

Sin embargo, si tenés ganas de visitar esta mítica playa tailandesa, porque andás por ahí, porque querés sacarte las ganas de verlo con tus propios ojos, este es el punto de partida necesario para conocer Ko Phi Phi Leh una pequeña isla prácticamente deshabitada que da cuenta de lo que supo ser la zona antes de la llegada masiva del turismo. Actualmente este sitio pertenece al Parque Nacional de las Islas Phi Phi, los pescadores que habitan la zona se dedican a la recolección de nidos de golondrina, producto de alto valor en el mercado chino. El paseo de una tarde te permitirá disfrutar del mar y sus aguas cristalinas, sus arrecifes de coral y toda la vida que ellos encierran. El paseo incluye una visita a las cuevas de los vikingos, a la playa de los monos, el almuerzo y un rato de snorkelling, a un buen precio para pasar una tarde en el mar.