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La historia que no se dice. Un paseo por Laos.

Ahí nomas me entraron unas ganas de llorar, de esas que te duele la garganta y el dolor baja rápido hasta pincharte la boca del estómago. Es que ese tipo ahí, con dos dedos menos, enseñándome a tejer bases de filamentos de bambú para hacer canastas donde poner el arroz cocido, había perdido 10 años de su vida en la guerra y América, como él decía, le había quitado mucho más que dos dedos. Seguramente, pensé, con esa mano había disparado cientos de veces contra la minoría Hmong, también laosianos, que peleaban para el ejército norteamericno, por promesas que nunca llegaron. Tan incomprensible y enmarañada me pareció la vida por un instante y tan inhabitable el mundo que construimos, que quise llorar sin consuelo, pero no lloré.

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Llegamos con la cabeza alborotada. Todo el viaje por Laos fue un descubrir lo siniestro. Caminamos hacia el norte desde Muang Noi y después doblamos a la derecha. El camino de tierra roja estaba húmedo todavía por la fuerte tormenta del día anterior. En plena temporada de lluvias los ríos crecen y los caminos se anegan, pero todavía para ese entonces, el sol llegaba a deshacer el trabajo del agua de un día para el otro. A los costados unas montañas de recortes prehistóricos. El paisaje era verde como no habíamos visto otro por la zona. El río se oía más fuerte o más lejano, dependiendo del zigzag del sendero, pero siempre nos servía como guía.

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Nam ou es uno de los ríos mas importantes de Laos, su nombre significa literalmente “río cuenco de arroz” que es básicamente lo que organiza la vida en las inmediaciones, el arroz y sus momentos: la preparación del terreno, la siembra y la cosecha, después secarlo, pelarlo, hervirlo o venderlo. Un círculo sin principio ni fin, repetido por generaciones.

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En algún punto tuvimos que cruzar el río. Un hombre que salió de entre los árboles de la rivera nos preguntó nuestro destino y luego nos señaló el camino, mientras empezaba a sumergir los pies en la orilla. Después lo vimos alejarse con su arma de fuego colgada en la espalda. Nosotros volvimos a acordonar los borcegos que nos habíamos quitado para atravesar el agua descalzos. 

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Unos carteles hechos a mano sobre trozos de madera sin forma nos dieron la bienvenida. Avanzamos entre gallinas y chanchos sueltos, hacía varios días me preguntaba cómo distinguían cuales animales eran de cada quien. Presintiendo algo de la respuesta hice la pregunta cuando viajábamos por el sur, una frase poco precisa, por lo menos para mis categorías de lo mío y lo tuyo, me hizo saber que no les interesaba demasiado esa distinción, que los chanchos y las gallinas siempre eran menos que los suficientes y que los mataban según la necesidad.

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Después de los animales vimos a los integrantes de la tribu, miraban a través de las ventanas de unas casas siempre abiertas. En un telar de mil formas una joven tejía las polleras que todas las mujeres visten, un viejo afilaba su guadaña y los nenes jugaban desnudos en la calle. El tiempo corre a otro ritmo en algún lugar de la tierra y nosotros amoldamos nuestro paso a él.

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El hombre que sostenía con sus pies un tejido de bambú, nos saludó dos veces. Tenía los anteojos en la punta de la nariz, casi tocándole la sonrisa. Nos sentamos en unas sillas de plástico que miraban hacia afuera, en la aldea no había veredas, las casas y los talleres eran continuaciones de la calle de tierra. El taller de Siwon estaba pegado a su casa. Desde donde estábamos se veía a su mujer hablando por un teléfono en altavoz a través de la ventana.

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Yo 6-6 dijo y no nos preguntó nada. Me senté a su lado y me explicó el tejido, 1, 2, 3 y de nuevo repetía 1, 2, 3, acomodando las varillas prolijamente, en pocos minutos armó el tejido y me invitó a seguirlo. Intenté imitarlo, pero fue en vano, hay cosas que sólo se aprenden con el tiempo.

Nos mostró el contenido de los bolsones que ocupaban más de la mitad del taller, eran raíces para enviar a Vietnam para hacer harina. Después, me llevó a su casa para enseñarme todas las cosas que se pueden hacer con bambú, y fui descubriendo que todo era del mismo material: los gorros, las tamizadoras de arroz, los cuencos para cocinarlo y guardarlo, las paredes y el techo. La vida era arroz, bamboo y tiempo. Nos volvimos a sentar. Él agarró unos libros de casas construidas bajo tierra en distintos lugares del mundo y mientras nos leía, le preguntamos qué había pasado con los dos dedos que le faltaban, ahí vino la historia. Mientras me tragaba la bronca él se paró por tercera vez para mostrarnos su uniforme, yo me quedé en la silla de plástico pensando en el pasado.

Cuando se declaró la guerra de Vietnam, Laos manifestó su neutralidad, es que ellos sabían que habitaban un terreno estratégico y lo que intentaban era evitar un destino tan ineludible como abominable. Por ser el lugar de paso entre China, Camboya, Tailandia y Vietnam, Laos tuvo y tiene que sufrir demasiado. Como la maldición de un dios endemoniado los laosianos tuvieron que vivir una guerra que no se dijo y como todo lo que no se dice, pareciera que no existió. Entre 1964 y 1973 se llevó adelante una guerra secreta con base en el sur del país. Estados Unidos negoció con las minorías laosianas de las montañas para entrar en el territorio y conseguir soldados para destruir la ruta de Ho-chi-min que alimentaba desde el norte al  Vietcong (Frente Nacional de Liberación de Vietnam) en el sur. Se estableció entonces una base en Long Cheng  (sur de Laos) donde se asentaron agentes de la CIA para capacitar al ejercito Hmong y desde donde se digitaban las operaciones militares. Desde allí partían la mayoría de los aviones para bombardear tanto Vietnam como Laos. Desde allí se enviaban toneladas de heroína hacia Norteamérica, producida con el opio cosechado por los Hmong, comercio liderado por la CIA que servía para financiar la guerra.

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Laos fue el país más bombardeado en la historia de la humanidad, aunque nunca entró a esa guerra por decisión propia. Se lanzaron 2.1 millones de toneladas de explosivo, un promedio de una bomba cada 8 minutos las 24hs del día por nueve años seguidos y se invirtieron 13 millones de dólares por día en el bombardeo durante el mismo período. La guerra terminó hace más de tres décadas, pero aún hoy siguen muriendo centenares de personas por año por bombas no explotadas, se estima que sólo un tercio explotó cuando fueron tiradas, el remanente yace actualmente en suelo laosiano contaminando el 80% del territorio, tal es así que el número de víctimas por explosiones tardías asciende a 300 por año. Todavía hoy, el Pathet Lao persigue a los Hmong por su participación en la guerra, mejor dicho, por la de sus abuelos, pero ellos tienen que pagar, entonces viven escondidos en la selva, sin comida, con nada, o se refugian en Tailandia, cuando logran cruzar la frontera y allí viven, en un país que intenta expulsarlos, en campamentos de refugiados, sin comida, con nada. Esa gente perdió sus familiares, fueron y son atacados con armas químicas, no tiene casas ni tierra que cultivar y nadie responde por ellos, ni por las bombas, ni por las vidas perdidas, ni por el hambre.

La historia de Laos es una historia de demasiada muerte y atrocidades.

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Siwon parecía contento por nuestra visita, yo me fui con ganas de quedarme, con una mezcla de amargura y esperanza. Volvimos al camino, de nuevo cruzar el río, los campos de arroz y las nubes de lluvia. El tiempo corre tan lento que parece que no pasa en algún lugar de la tierra.

Documental sobre las bombas no explotadas en Laos

Documental sobre la guerra secreta en Laos

Documental sobre la realidad Hmong hoy

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