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“La ruta del café”, nota en la revista Almundo Marcopolo

Aquí les compartimos un artículo que escribimos para la revista Almundo Marcopolo, donde  contamos nuestras experiencias del cafe en distintos puntos del planeta tierra. No te la pierdas!

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Bien limpitas las japonesitas

Qué es lo más lindo de Tokio? Es difícil elegir una sola opción. Creo que con mucho esfuerzo serán dos: andar en bicicleta por la ciudad y meterse en un onsen cuanto arremete el frío. Lo de la bicicleta es un placer que no depende del lugar, entonces pasemos a los onsen.

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Onsen son los baños termales que hay en todo Japón. El terreno volcánico de las islas permite que el agua emerja calentita desde el centro de la tierra en cualquier rincón del país. De allí que se puedan encontrar baños por todos lados. Los onsen, baños públicos/comunes de aguas termales, son un sitio muy peculiar. En ellos los japoneses pasan muchas horas, también comen, juegan a las cartas o toman un té entre amigos. La mayoría son bajo techo, los menos tienen piletas al aire libre. El ticket diario no tiene límite de permanencia y las salas están divididas para hombres y mujeres. En la entrada se dejan los zapatos, como en casi todos los lugares en Japón y después de pagar el ticket se pasa a las salas. Allí uno debe quitarse la ropa y guardarla en lockers, en ese espacio hay secadoras de pelo, tensiómetro, balanza  y algunas cosas más -la mayoría de pago-, también están los cuencos y banquitos que se usan en la zona de las piletas para bañarse antes de entrar a ellas. En ese otro espacio, en el que hace mucho calor -es bueno llevarse agua o una botella para recargar- hay shampoo y jabón líquido. El sector de duchas no está separado de las piletas, son unos duchadores muy bajitos para los cuales son necesarios esos banquitos que estaban afuera, luego hay varias piletas con distintas temperaturas, desde casi 50 grados a 10 aproximadamente, en las cuales es muy importante entrar desnudo, bañado y con el pelo recogido.

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Los baños comunes no son un lugar con glamour, son algo muy típico y tradicional, es un lugar de socialización muy importante para los japoneses. No pude averiguar si ir a los baños comunes tiene que ver sólo con el poder curativo de las aguas termales, si es una tradición de antaño o si tiene que ver con el tamaño diminuto de sus hogares, en los cuales el baño no es la excepción entonces los onsen permiten realizar una inmersión relajante que de otra forma sería imposible para la mayoría.

La experiencia es muy agradable, al principio es un poco extraño porque no está muy claro qué es lo que uno puede hacer y qué no, pero imitando a los nativo es fácil encontrar la lógica.

Este texto que está a continuación es el producto de un taller de escritura que hago con Francisco Magallanes y está basado en mi experiencia en los baños públicos japoneses.

Las mujeres del baño público

Después de llegar a la avenida hay que doblar a la derecha. Cruzar y tomar la  calle de la tabaquería: está  escondida en la manzana pero las luces de las máquinas expendedoras de mitad de cuadra sirven de señuelo.

En el norte se puede ver una torre gigante que por la noche se enciende con luces de colores. Todo alrededor parece conservar un orden silencioso pero son cientos los que pisan el cemento al ritmo de cada luz de semáforo. Una prolijidad de milenios esconde la esquizofrenia arquitectónica de la ciudad. Edificios que penetran el cielo se suceden con casas que resisten los años y la rapiña del hormigón. Las veredas están adornadas con macetas diminutas que se multiplican ante los ojos e imprimen algo de color a una ciudad en la que ya no quedan espacios de tierra para sembrar.

Cuando se apaga el murmullo suave de la avenida, sigue el barrio. Las calles se angostan, la ropa se seca en las ventanas, buscando un poco del aire que escasea en el interior. La marea humana tomó otro cause y sólo se pueden ver algunos viejos en chancletas paseando perros diminutos.

Un cartel verde indica la entrada. La primer puerta es transparente y de vidrio. El comienzo: sacarse los zapatos y  guardarlos en unos aparadores que van del techo al suelo sin pausa. Las puertas de cada receptáculo tienen vidrio y número para identificar fácilmente el propio calzado después de la aventura.

La segunda puerta es corrediza y de madera. Allí, en la recepción, dejo el ticket y el abrigo. Hay tres  hombres alrededor de una mesa.   Sostienen una charla pasajera, lo leo en sus gestos. Busco dónde dejar el bolso, pero para eso todavía falta otra puerta. Con una sonrisa alguien me indica que pase por la derecha.

Allí hay dos cortinas, una roja y otra azul, de un hule pesado e impermeable. La humedad seduce y llama. Soy mujer, me corresponde la roja. Trasciendo la cortina y el vapor me devora.

En esa habitación me quito la ropa y la pongo en un receptáculo donde solo caben mis pertenencias. Lo cierro con llave. El llavero, elástico, me sirve para recogersme el pelo.

La última puerta es de vidrio y como todo lo que hay del otro lado está chorreando agua. Ya desnuda, entro. La sala está llena de vapores. El brillo de los azulejos refleja un paisaje deformado por las gotas que se deslizan. En el suelo se juntan con el resto de las aguas y jabones y todos ensamblados bajan por la canaleta que lleva al desagüe.

Las duchas se encuentran a casi un metro del suelo. Justo debajo hay un espejo que devuelve a todas su silueta durante el baño. Los vidrios empañados disimulan el cuadro renacentista que se forma con la escena.

Al costado de la puerta se apilan banquitos y palanganas de plástico. Elijo un juego y me sienta frente a una ducha vacía. Lleno  de agua el recipiente y copio el ritual que realizan las demás.

Me choco con mi imagen en un fondo de seres desnudos que deambulan sin inhibición.  Observo los volúmenes, las texturas, el bello y sus distribuciones, los faltantes y sobrantes, los colores, la diversidad. Respiro la comodidad de ser sin disfraces.

Alguien me habla. Reconozco a esa mujer, también la vi ayer en el mismo lugar. No hablamos el mismo idioma, pero nos entendemos por señas. Registro el deber  de emprolijar mi pelo recogido antes de entrar al agua hirviendo. Respondo con una reverencia.

Comienzamos al unísono la ceremonia de limpieza. Los torsos se tapan de espuma. Con pedazos de lienzo jabonoso recorren su morfología en una danza lenta y sensual. El ambiente huele a limpio. El juego que despliegan los espejos enfrentados forman un colage psicodélico. Trocitos de cuerpos ajenos, desnudos y enjabonados se mezclan según el ángulo de observación. Las burbujas blancas viajan sobre las superficies, se detiene en las cavidades y toma velocidad con las curvas, dejando una estela que el agua borra lentamente. Así todo vuelve a empezar. Con cada episodio la apuesta es más alta: más agua, más jabón, más espuma.

Las mujeres pasan mucho tiempo lavando sus cuerpos,  los embadurnan y enjuagan limpiando las tristezas. Los frotan con fuerza y vierten grandes cantidades de agua para eliminar cualquier residuo de sensaciones.

Después entran al agua caliente, entrecierran los ojos y descansan. Los rostros se relajan y la mente desprovista de todo comienza a volar. Sin vestigios, sin rastros del día, más livianas y puras se elevan.

El agua purifica, reinventa. Entonces entran y salen. Se asean y acicalan. Se quitan los restos de muerte. Y vuelven al agua. Otra vez se friegan y purifican. El circuito se repite, por horas, la tarifa es una sola. Espuma, limpieza, hervor, espuma. Todo se barre de a poco. Las nostalgias, los pesares, las alegrías y las pasiones. Sin remanentes, la vida se reinicia. Listas para enfrentar de nuevo el mundo, se visten y salen, las mujeres del baño público.

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Si te digo Japón… Qué te imaginas?

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Cuando pensaba en Japón me imaginaba muchas luces, una ciudad a puro neón con edificios interminables en su carrera al cielo. Me imaginaba también pequeñas casas, con pisos de madera y papel de arroz en las ventanas, todo envuelto en un manto verde salpicado de cerezos. Mucho ruido y trajín con descansos de pausa. Lo que no me imaginaba era la conjugación de esos opuestos, cómo amalgamarlos, cómo ponerlos en diálogo. Había visto hace tiempo Perdidos en Tokio (2003) que me había acercado las luces, la ciudad y la sensación de que estar perdido a veces es el mejor camino y tres mediometrajes titulados Tokyo!(2008) que me dieron un poco de perspectiva en relación a la vida de la gente, una idea de las rarezas, las cosas impensadas, cómo la ciudad -ese espacio que construímos para vivir juntos- muchas veces nos transforma y nos aísla, y a partir de eso armé una idea vaga de Japón, la tierra del sol naciente.

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Esa construcción tenía poco de realidad y mucho de imaginación y pre-conceptos, entonces llegó un día mi mamá con una guía National Geographic de Japón. Te la regalo por si un día vas, me dijo, y con esa frase sentenció el destino.

En Noviembre de 2015, principalmente porque había una oferta de vuelo, emprendimos un viaje de tres meses por Japón. El viaje fue lento y gasolero: trabajamos en una cadena de hostels a cambio de alojamiento en tres ciudades de la isla principal de Japón -Honshu-, viajamos en bus y caminamos tanto, tanto como nunca hubiese imaginado.

Pero resulta, que afortunadamente, muy pocas cosas son como las imaginamos y la vida nos reserva una sorpresa en cada vuelta de esquina, en cada nuevo capítulo. Por esto, Japón resultó ser, todo lo que imaginada multiplicado por todo lo que no imaginaba: luces, luces y más luces, edificios modernos, pantallas gigantes, ascensores, puentes, trenes bala, galerías de arte moderno, baños termales, grandes shoppings, pisos y más pisos de locales escondidos en recovecos diminutos, parques, templos, festivales, muchos viejos y bicicletas, chicas vestidas como muñeca, elvis, peleadores de sumo, hombres de oficina, geishas, cafés de perros, de gatos, de búhos, comida precocida, comida de plástico en la vidriera de los restaurantes, hordas de gente durmiendo, en el subte, en los parques, en los negocios.

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Japón es un país insular del Pacífico oriental, tiene paisajes muy variados: grandes ciudades, playas paradisíacas y montañas de picos nevados, es decir, se adapta a todos los gustos. La isla principal -Honshu- alberga las ciudades más conocidas: Tokio, capital del país, es la mayor área metropolitana del mundo con más de treinta millones de habitantes, Kioto fue su capital durante largos períodos y hoy representa el centro histórico-cultural del país, Osaka es una ciudad moderna que se destaca por su actividad artística. Al norte en la isla de Hokkaido los visitantes se concentran en su oferta de deportes de nieve. Al sur hay numerosas islas con paisajes de playa.

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Es verdad que Japón puede ser un destino caro, pero depende mucho del tiempo con que uno cuente. El alojamiento y el transporte suelen ser costosos, ahora bien, si uno cuenta con tiempo hay opciones para economizar el viaje. Helpx y Workaway permiten intercambiar algunas horas de trabajo por alojamiento, Couchsurfing es otra opción que reduce tu gasto en alojamiento a cero y te permite conocer gente, realizar Housesitting -cuidar casas por un período de tiempo- implica también costo cero en alojamiento.  Con respecto al transporte, existe un pase de buses de Willer Express que es muy económico -en relación con el tren-, permite moverse en todo el país y se puede comprar ya estando allí -a diferencia del pase del tren-. La comida puede ser muy cara, pero hay muchos precios y calidades y eso permite reducir el presupuesto, también a partir de las siete de la tarde los supermercados hacen reducciones de hasta el 80% en comida.

Nosotros estuvimos un mes en Tokio y desde allí visitamos Yokohama y Nikko, tres semanas a Kanazawa y desde allí visitamos Shirakawa-go, luego nos movimos a Kioto, donde pasamos otras tres semanas y desde allí visitamos Kobe, Nara y Jigokudani  y por último estuvimos una semana en Osaka. Estos son los Blogs que nos ayudaron en nuestro viaje:

Mochileandoporelmundo en Japón

Japonismo

Cualquier consulta escribinos y te ayudamos con tu viaje por Japón!

Desde el fondo del mar. Pesca indiscriminada en Filipinas

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Llegamos a la orilla cuando el sol tocaba el horizonte del otro lado del mar. Los barqueros se abalanzaron para vendernos la travesía a un precio descomunal.

-Es el último barco para cruzar, si no, deberán esperar a mañana- decían convencidos de que esa era la mejor estrategia para que aceptemos el sobreprecio.

Decidimos no cruzar, la noche nos atraparía antes de desembarcar en Malapascua: la oscuridad, las mochilas, el mar y sus olas no eran una buena combinación. A la mañana siguiente un intento de barca nos arrimó a la isla, una roca pequeña que se podía descubrir en un puñado de horas.

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Marielle todavía estaba dentro del mar cuando golpeamos su puerta, nos recibió su amigo y ella llegó más tarde, con los pelos duros de agua salada. Entonces nos contó sus aventuras submarinas, su otra vida en el fondo del mar. Marielle es instructora de buceo, por eso pasa muchas horas de su día sumergida. Allá abajo, dice Marielle, hay muchas especies pero, poco a poco, la vida del otro lado de la superficie cristalina que rodea la isla va mermando por la pesca indiscriminada.

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El triángulo de Coral es uno de los ecosistemas marinos más ricos del mundo. Tiburones, tortugas y otras especies en peligro de extinción mueren accidentalmente por los métodos de pesca agresivos que no distinguen entre especies. Esta zona que abarca Filipinas, Indonesia y las Islas Solomon está en una situación de emergencia en lo que se refiere a la conservación de su biodiversidad.

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– En un municipio colocaron una virgen en el fondo del mar- dice Marielle- el intendente fue muy inteligente, porque acá en Filipinas, la comunidad es muy creyente y la virgen submarina desalienta la pesca con explosivos y con cianuro, que es ilegal, pero el gobierno no tiene forma de controlarla-  hace una pausa, enciende uno de los veinte cigarrillos que fuma durante su día afuera del mar y continúa- el tema de la pesca es muy complicado, porque hay muchas mafias y corrupción involucradas, hace poco una familia de un chico francés que se había instalado en el país con su esposa e hija, apareció muerta y el caso no se esclareció. Lo mataron porque estaba reclamando y organizando a la gente. La verdad, no sé si tiene solución, lamentablemente cada vez hay menos corales, menos peces y más basura.

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Los arrecifes coralinos son el amazonas del fondo del mar. Hoy una tercera parte de ellos está en peligro de extinción como consecuencia de la acción humana.

Las mujeres de Láo Cai, radiografía del norte de Vietnam.

En la plaza, en las calles empinadas, en la ladera de la montaña, haciendo equilibrio entre plantaciones de arroz, las mujeres de  Láo Cai van con una sonrisa amplia, invadiendo cada rincón de la provincia más norte de Vietnam.

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Pertenecen a las etnias Hmong, Dao Do, Tay y Giay . Hablan vietnamita, inglés, francés, un poco de español, de coreano, y si hace falta se hacen entender. Aprendieron los idiomas por fonética, entonces sus frases son como versitos de un canto y las palabras se apelotonan en oraciones indivisas. A veces, no se entiende lo que dicen, pero es solo al principio, después uno se acostumbra, se encariña y se divierte con sus conversaciones atrevidas y su ingenio para lograr su cometido. Las mujeres de Láo Cai lo hacen todo: vendedoras, guías, traductoras, amas de casa, administradoras del homestay, cocineras, trabajadoras de la tierra. Si pudiera imaginar la región sin ellas, las ciudades serían un cementerio y la montaña un desierto. Ellas siempre están allí incansables, como hormiguitas alborotadas, trabajando se sol a sol.

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Alegres siempre están alegres, no se enojan ante el “No”, sólo insisten y por si acaso, insisten. Te abordan en la plaza y en las calles del centro, te preguntan tu itinerario y te ofrecen variadas alternativas para que puedas elegir, pero si no eliges, no importa, te dejan su teléfono y si no las llamas, no importa, ya te encontraran mañana con la sonrisa y las ganas renovadas.

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No temas, no muerden -como ellas dicen- , todo lo contrario, son muy amables y divertidas y te ayudan a evitar a la agencias de turismo, que generalmente ofrecen peores servicios a mayores precios.

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Las mujeres de Láo Cai son bajitas y achinadas, llevan falda, botas de goma y accesorios de color. En la plaza de Sapa se pasean bajo el sol húmedo con la cara brillante de sudor y algún niño colgado en sus espaldas; más al norte en Bac Ha se reúnen el fin de semana a intercambiar productos de la zona y en las escalinatas de la calle principal cuentan los billetes que juntaron en el día. En Láo Cai el lugar son sus mujeres.

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Por las calles de Vietnam

Los transeúntes caminan las calles húmedas encandilados por las luces de las motos. La ciudad de Ho-Chi-Minh, que antiguamente se llamaba Saigón es cada noche una marea de faroles de moto que te abrazan como una medusa gigante. Las veredas que contienen el flujo incandescente están habitadas por mesas y taburetes diminutos donde la gente calma la sed con cerveza fresca mientras el día se apaga.

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Ho-Chi-Min fue el líder en el proceso independentista de Vietnam. Hoy la ciudad más grande del país lleva su nombre que significa “el que ilumina”.

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La mañana nos sacude con más de treinta grados y el sol repicando el cemento se hace inaguantable. La ciudad tiene mucho de francesa, pero es Vietnam sin rodeos. La calle es algo más que un enjambre de scooters a toda velocidad. Alrededor y acoplado se despliega un mercado permanente, sin estructuras ni leyes. Algunos plantan el puesto en la vereda, otros en el mercadillo del barrio, los más salen con su bicicleta y todo el bartulaje a cuestas.

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Entonces todo se monta y el caos del cableado sin ritmo, los edificios desvencijados, la gente como hormiguita alborotada parecen tener una armonía, cierta gracia, algo de familiar.

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Cuando el sol golpea de lleno la faz de la tierra nos decidimos por el museo. El de la guerra, más que un edificio de las cosas que pasaron, es un alerta ensordecedor de lo que vive el mundo actualmente. Queda a un par de kilómetros del centro, por calles de pocos arboles y mucho calor. Llegamos una hora antes del receso del mediodía, en el que el museo cierra para que el personal almuerce. Por suerte. Nosotros también necesitamos un rato para digerir y seguir adelante. Después del mediodía continuamos la visita que terminaba con imágenes y manifiestos de todos los países del mundo oponiéndose a la guerra de Vietnam. Esta guerra duro veinte años y murieron en ella millones de personas. El museo da cuenta de ello con imágenes devastadoras. Lo más llamativo es una parte donde se enumeran los crímenes de guerra cometidos como si la guerra no fuese en sí misma un crimen.

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Moraleja del día/nunca olvidar : El ser humano es un espécimen muy particular .

Películas sobre la guerra de Vietnam:

Ver Apocalypse Now!

Ver Full Metal Jacket!

La historia que no se dice. Un paseo por Laos.

Ahí nomas me entraron unas ganas de llorar, de esas que te duele la garganta y el dolor baja rápido hasta pincharte la boca del estómago. Es que ese tipo ahí, con dos dedos menos, enseñándome a tejer bases de filamentos de bambú para hacer canastas donde poner el arroz cocido, había perdido 10 años de su vida en la guerra y América, como él decía, le había quitado mucho más que dos dedos. Seguramente, pensé, con esa mano había disparado cientos de veces contra la minoría Hmong, también laosianos, que peleaban para el ejército norteamericno, por promesas que nunca llegaron. Tan incomprensible y enmarañada me pareció la vida por un instante y tan inhabitable el mundo que construimos, que quise llorar sin consuelo, pero no lloré.

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Llegamos con la cabeza alborotada. Todo el viaje por Laos fue un descubrir lo siniestro. Caminamos hacia el norte desde Muang Noi y después doblamos a la derecha. El camino de tierra roja estaba húmedo todavía por la fuerte tormenta del día anterior. En plena temporada de lluvias los ríos crecen y los caminos se anegan, pero todavía para ese entonces, el sol llegaba a deshacer el trabajo del agua de un día para el otro. A los costados unas montañas de recortes prehistóricos. El paisaje era verde como no habíamos visto otro por la zona. El río se oía más fuerte o más lejano, dependiendo del zigzag del sendero, pero siempre nos servía como guía.

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Nam ou es uno de los ríos mas importantes de Laos, su nombre significa literalmente “río cuenco de arroz” que es básicamente lo que organiza la vida en las inmediaciones, el arroz y sus momentos: la preparación del terreno, la siembra y la cosecha, después secarlo, pelarlo, hervirlo o venderlo. Un círculo sin principio ni fin, repetido por generaciones.

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En algún punto tuvimos que cruzar el río. Un hombre que salió de entre los árboles de la rivera nos preguntó nuestro destino y luego nos señaló el camino, mientras empezaba a sumergir los pies en la orilla. Después lo vimos alejarse con su arma de fuego colgada en la espalda. Nosotros volvimos a acordonar los borcegos que nos habíamos quitado para atravesar el agua descalzos. 

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Unos carteles hechos a mano sobre trozos de madera sin forma nos dieron la bienvenida. Avanzamos entre gallinas y chanchos sueltos, hacía varios días me preguntaba cómo distinguían cuales animales eran de cada quien. Presintiendo algo de la respuesta hice la pregunta cuando viajábamos por el sur, una frase poco precisa, por lo menos para mis categorías de lo mío y lo tuyo, me hizo saber que no les interesaba demasiado esa distinción, que los chanchos y las gallinas siempre eran menos que los suficientes y que los mataban según la necesidad.

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Después de los animales vimos a los integrantes de la tribu, miraban a través de las ventanas de unas casas siempre abiertas. En un telar de mil formas una joven tejía las polleras que todas las mujeres visten, un viejo afilaba su guadaña y los nenes jugaban desnudos en la calle. El tiempo corre a otro ritmo en algún lugar de la tierra y nosotros amoldamos nuestro paso a él.

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El hombre que sostenía con sus pies un tejido de bambú, nos saludó dos veces. Tenía los anteojos en la punta de la nariz, casi tocándole la sonrisa. Nos sentamos en unas sillas de plástico que miraban hacia afuera, en la aldea no había veredas, las casas y los talleres eran continuaciones de la calle de tierra. El taller de Siwon estaba pegado a su casa. Desde donde estábamos se veía a su mujer hablando por un teléfono en altavoz a través de la ventana.

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Yo 6-6 dijo y no nos preguntó nada. Me senté a su lado y me explicó el tejido, 1, 2, 3 y de nuevo repetía 1, 2, 3, acomodando las varillas prolijamente, en pocos minutos armó el tejido y me invitó a seguirlo. Intenté imitarlo, pero fue en vano, hay cosas que sólo se aprenden con el tiempo.

Nos mostró el contenido de los bolsones que ocupaban más de la mitad del taller, eran raíces para enviar a Vietnam para hacer harina. Después, me llevó a su casa para enseñarme todas las cosas que se pueden hacer con bambú, y fui descubriendo que todo era del mismo material: los gorros, las tamizadoras de arroz, los cuencos para cocinarlo y guardarlo, las paredes y el techo. La vida era arroz, bamboo y tiempo. Nos volvimos a sentar. Él agarró unos libros de casas construidas bajo tierra en distintos lugares del mundo y mientras nos leía, le preguntamos qué había pasado con los dos dedos que le faltaban, ahí vino la historia. Mientras me tragaba la bronca él se paró por tercera vez para mostrarnos su uniforme, yo me quedé en la silla de plástico pensando en el pasado.

Cuando se declaró la guerra de Vietnam, Laos manifestó su neutralidad, es que ellos sabían que habitaban un terreno estratégico y lo que intentaban era evitar un destino tan ineludible como abominable. Por ser el lugar de paso entre China, Camboya, Tailandia y Vietnam, Laos tuvo y tiene que sufrir demasiado. Como la maldición de un dios endemoniado los laosianos tuvieron que vivir una guerra que no se dijo y como todo lo que no se dice, pareciera que no existió. Entre 1964 y 1973 se llevó adelante una guerra secreta con base en el sur del país. Estados Unidos negoció con las minorías laosianas de las montañas para entrar en el territorio y conseguir soldados para destruir la ruta de Ho-chi-min que alimentaba desde el norte al  Vietcong (Frente Nacional de Liberación de Vietnam) en el sur. Se estableció entonces una base en Long Cheng  (sur de Laos) donde se asentaron agentes de la CIA para capacitar al ejercito Hmong y desde donde se digitaban las operaciones militares. Desde allí partían la mayoría de los aviones para bombardear tanto Vietnam como Laos. Desde allí se enviaban toneladas de heroína hacia Norteamérica, producida con el opio cosechado por los Hmong, comercio liderado por la CIA que servía para financiar la guerra.

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Laos fue el país más bombardeado en la historia de la humanidad, aunque nunca entró a esa guerra por decisión propia. Se lanzaron 2.1 millones de toneladas de explosivo, un promedio de una bomba cada 8 minutos las 24hs del día por nueve años seguidos y se invirtieron 13 millones de dólares por día en el bombardeo durante el mismo período. La guerra terminó hace más de tres décadas, pero aún hoy siguen muriendo centenares de personas por año por bombas no explotadas, se estima que sólo un tercio explotó cuando fueron tiradas, el remanente yace actualmente en suelo laosiano contaminando el 80% del territorio, tal es así que el número de víctimas por explosiones tardías asciende a 300 por año. Todavía hoy, el Pathet Lao persigue a los Hmong por su participación en la guerra, mejor dicho, por la de sus abuelos, pero ellos tienen que pagar, entonces viven escondidos en la selva, sin comida, con nada, o se refugian en Tailandia, cuando logran cruzar la frontera y allí viven, en un país que intenta expulsarlos, en campamentos de refugiados, sin comida, con nada. Esa gente perdió sus familiares, fueron y son atacados con armas químicas, no tiene casas ni tierra que cultivar y nadie responde por ellos, ni por las bombas, ni por las vidas perdidas, ni por el hambre.

La historia de Laos es una historia de demasiada muerte y atrocidades.

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Siwon parecía contento por nuestra visita, yo me fui con ganas de quedarme, con una mezcla de amargura y esperanza. Volvimos al camino, de nuevo cruzar el río, los campos de arroz y las nubes de lluvia. El tiempo corre tan lento que parece que no pasa en algún lugar de la tierra.

Documental sobre las bombas no explotadas en Laos

Documental sobre la guerra secreta en Laos

Documental sobre la realidad Hmong hoy

Parque tomado, Nara y sus ciervos

A veces, pensás que nada te puede sorprender, que ya lo viste todo, lo terrible y lo maravilloso…pero la vida, se las rebusca y siempre te sorprende, a veces con un simple gesto, otras con ostentosas reliquias, o con alguna novedad que no imaginabas posible. A nosotros nos sorprendió en Nara con un parque público tomado por los ciervos.

Nara es una ciudad japonesa, en la región de Kansai, al Sur de la isla principal, muy cerquita de Kioto. Fue capital del país en el medioevo y alberga muchos de los templos mejores conservados de Japón. Sin embargo, lo más peculiar de esta ciudad es que además de sus 360.000 habitantes, está habitada por alrededor de 1200  ciervos que merodean por las calles libremente. Cuenta la leyenda que uno de los dioses del Santuario Kasuga hizo su aparición en el monte  Mikasa-yama sobre un ciervo blanco y a partir de allí se consideró a estos animales figuras sagradas.

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Al día de hoy los ciervos son considerados patrimonio natural y se los respeta mucho, pero ya no se somete a nadie a la pena capital como sucedía en la antigüedad con quienes mataban a los ciervos.

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Cuando organizamos la visita a Nara, leímos algo de los ciervos del parque, pero nunca imaginamos que eran tantos. Ese día nos levantamos temprano para que la jornada sea larga, preparamos una vianda (los ahorros de un mochilero en Japón) y partimos. Viajar por Japón es muy sencillo: toda la información está disponible en internet u oficinas de turismo que las hay por todos lados, siempre es clara y confiable y los medios de transporte son numerosos y con variedad de horarios, y brindan un servicio de muy buena calidad.

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Desde Kioto tomamos el tren a Nara, el clima estaba inestable, era Enero, recién comenzaba del invierno, unas brisas frescas y nubes grises dispersas dibujaban un buen escenario para nuestro paseo por el parque, el suelo tapizado de las hojas naranjas abandonadas por el otoño, daba algo de color al día monocromo. Desde la estación caminamos en dirección al parque, un poco perdidos con nuestro mapa de papel (todavía no habíamos descubierto Maps.me). Nara es pequeño y se puede recorrer fácilmente a pie. Los primeros ciervos nos recibieron en la vereda frente al parque. Si bien había varios turistas, el lugar es lo suficientemente grande como para darle al visitante una acogedora sensación de paz y soledad. Nosotros elegimos utilizar la mañana para caminar sin sentido, y visitar por la tarde algunas atracciones. Almorzamos en el lago Sagi-ike Pond del centro del parque, lejos de los ciervos y su hambre voraz y luego visitamos los templos de la zona.

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El parque, lugar preferido de estos animales es grande y acogedor, se puede recorrer todo a pie. Allí mismo están los principales templos y santuarios: el templo Todai-ji, el templo Kofuku-ji, el templo Gangō-ji y el santuario Kasuga,  que fueron declarados Patrimonio de la Humanidad en 1998.

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En algunas zonas del parque hay locales de comida y souvenirs, como para parar al mediodía a almorzar o comprar algún recuerdo. Si viajas con bajo presupuesto y te llevaste tu comida, en distintos puntos encontraras bebederos para recargar tu botella. Los ciervos que te acompañan en todo el paseo también tienen sus puestos de abastecimiento.

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En los distintos rincones encontraremos vendedores de galletas para ofrecerles a los ciervos, estas croquetas tienen una formulación especial, balanceada para estos animales, todos venden las mismas y al mismo precio. Pero cuidado! algunos son un poco atolondrados y pueden asustarte con sus movimientos bruscos intentando robarte comida.

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Aquí te dejamos un mapa para que organices tu recorrido, nosotros hicimos todo en un día completo. Sin embargo, no visitamos algunos templos que quedan alejados del parque. De regreso a la estación visitamos Naramachi, un barrio tradicional japones que te permitirá trasladarte en el tiempo.

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Si no tenés el JR Pass estos descuentos te pueden servir para llegar a Nara y recorrer la ciudad:

Hankyu Line, descuento para transporte.

Pase para visitar Kansai area, incluye otros beneficios además del transporte.

 

 

Reflexiones del otro lado del globo

Una cámara de fotos water proof, porque seguro hago alguna inmersión de buceo, la malla, un par de ojotas, un sombrero y el bronceador, ropa poca total allá todo sale un dólar, la mochila está lista y empieza la aventura. Llegamos al sudeste y nada nos decepciona. La oferta de actividades es mayor de la que esperábamos y la gente es muy amable. La playa es mágica y la ropa efectivamente está un dólar, claro la fabrican acá, en talleres de los cuales seguro nos horrorizaríamos, pero esta vez la compramos. Los vendedores, porque aquí se vende todo, se ponen insistentes y nosotros andamos rezongando que no somos una billetera caminando, ellos tienen siempre una sonrisa y nosotros poca paciencia.
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Desde el museo de los vestigios de la guerra de Vietman en Saigón/ Ho Chi Min pienso qué ironía que resulta todo, ellos con una sonrisa y occidente perdiendo la paciencia fácilmente. Y justo allí mirando el presente con fotos del pasado pienso en mi viaje por estos lares. El Sudeste asiático puede ser un viaje de playas y templos, de mares turquesas, puestas de sol, budas y sahumerios, de chucherías en los mercados y comida barata.
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Este recóndito pedacito de mundo, que casi se cae del mapa para los occidentales y queda a más de 20 horas de vuelo, puede suponer el descubrimiento de otras culturas y religiones, una expedición exótica incentivada por las fotos coloridas de revistas de viajes, el viaje más económico a un destino remoto que nos podemos permitir, fiesta asegurada y podría seguir.
Same same but different, un viaje al sudeste también puede ser encontrarse con ciudades llenas de basura acumulada, que recibe numerosas ratas apenas cae el sol, con administraciones corruptas que poco hacen por el bienestar de los pobladores del lugar, con playas llenas de plástico, en las que hay que buscar el ángulo para que la foto se vea como en las publicidades y la arena blanca no esté manchada por los restos del almuerzo de los numerosos visitantes que llegan a diario. El Sudeste es prostitución de menores, extranjeros ostentando niñas en bares de precio turista, timos y sobreprecios en cada esquina y mucha desigualdad y pobreza.
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El Sudeste es la injusticia de playas enteras conquistadas por resorts de propiedad Rusa, China y el menor medida Alemana, pegados a casillas que no tienen ni agua potable ni luz. Es un sinfin de actividades montadas para el turista que destruyen el medio ambiente y nada tienen que ver con la cultura local, con las cuales se enriquece solo el sector que se pudo vincular al turismo, mientras la mayoría mira con calma un porvernir sin cambios. Es también guerras de hace muy poco, más alguna guerra de hoy y aquí me voy a detener.
Podemos hacer un resumen al mejor estilo telediario de medianoche donde no nos dicen nada pero creemos que nos dijeron todo y nos vamos a dormir tranquilos. O podemos buscar un camino más largo y menos acorde a los tiempos actuales de mensajes rápidos, textos cortos, reflexiones poco críticas y escuchas con prisa como dice nuestro amigo Mario. Cada uno tomará su mejor opción, aquí solo recordaremos un rincón del mundo que poco aparece en las noticias, los manuales y los libros de historia, pero que puede echarnos luz para pensarnos hoy de manera más integral.
Si solo pensamos un segundo en que la guerra de Vietnam termino hace tan sólo 40 años; que la guerra no fue solo la guerra sino también el bombardeo sistemático de sus países vecinos, Laos y Camboya, para evitar el avance del comunismo, que ello permitió el ascenso de los jemeres rojos que llevaron adelante el genocidio de una generación completa y que el resto del mundo dio vuelta la cara. Que esas intervenciones del mundo occidental en el Sudeste asiático tienen aún hoy consecuencias devastadoras. Y que mucho de lo que se vive en un lugar es gracias a lo que no se vive en otro. Si a la luz o mejor dicho a la sombra de tanta muerte e injusticia nos pensáramos hoy, con las invasiones en Siria y Palestina, el conflicto Coreano o la intervención en distintos países del tercer mundo, con toda la basura tecnológica de lo que diariamente consumimos vertida en estos países del final del mundo, que también sirven de mano de obra barata para la fabricación de tantas cosas que no precisamos para vivir, tal vez no nos encontremos en un par de décadas visitando horrorizados museos de los vestigios o campos de exterminio llenos de calaveras, tal vez los mares no tendrán más plástico que agua, tal vez el despliegue anti-terrorista de la actualidad y el anti-comunismo de antaño no se traduzcan en un anti-otro de mañana, y la guerra no sea por el petroleo, el agua o el Sol, sino que no haya guerra. Un viaje al sudeste además de playas azules, templos y monjes, banana pancake y pad thai, el encuentro con culturas muy distintas y la gracia de la hospitalidad casi permanente, fue para nosotros un viaje a nuestros días, la invitación a descubrir en profundidad que pasa hoy en el mundo, lejos y cerca de casa, para que el viaje futuro sea con museos de más colores y menos rejas.