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“La ruta del café”, nota en la revista Almundo Marcopolo

Aquí les compartimos un artículo que escribimos para la revista Almundo Marcopolo, donde  contamos nuestras experiencias del cafe en distintos puntos del planeta tierra. No te la pierdas!

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Las pirámides de Egipto y nuestros amigos palestinos.

Egipto

Antes de viajar chequeé una y mil veces la página de la embajada de la Argentina en Egipto, me contacté con gente que estaba por viajar a Egipto igual que nosotros, en un par de semanas, en medio de la revolución. Hacía poco, se había cumplido un año de la masacre de Portsaid, en el partido de fútbol entre Al-Masry y Al-Ahly, y los enfrentamientos se reprodujeron. Este conflicto tenía un fuerte trasfondo político ya que cada uno de los equipos defendía respectivamente al régimen de Mubarak y la liberación de los pueblos árabes.

Habían pasado ya dos años de la revolución egipcia que derrocó al dictador Mubarak y Morsi estaba actualmente en el poder, pero la población seguía disconforme. Eran muchos años de corrupción y hambre de las mayorías.

Nosotros teníamos mucho miedo, los medios de comunicación mostraban un país al rojo vivo que asistía a una escalada de violencia sin precedentes. Finalmente, en una decisión un poco más instintiva  que racional, decidimos ir.

Llegamos al Cairo de noche. La mayoría de nosotros asociamos la noche al peligro, lo oscuro es siempre algo amenazante, el negro es un color malo. Cuando era chica, mi hermana que es mucho menor, le temía a la oscuridad y yo tenía que dormir con la luz prendida toda la noche, de lo contrario, ella no podía descansar en paz. A veces, dejaba prendido también el televisor porque era todavía más efectivo, y yo me aprendía de memoria los capítulos de los Rugrats y del chico con cabeza de balón, intentando develar cuál era la diferencia entre con luz y sin luz. La luz no es menos peligrosa que la oscuridad, el blanco no es mejor que el negro, de noche, solamente de noche brillan las estrellas y nosotros pudimos cruzar el Cairo tranquilos porque era de noche y la ciudad estaba durmiendo. Ni bien llegamos paramos cerca de las pirámides para visitarlas más fácilmente.

Nuestros primeros días los pasamos en Guiza, a unos kilómetros del centro del Cairo, y enfrente, justo enfrente de las pirámides. Esta opción nos parecía más oportuna pensando siempre que estar en el centro sería más peligroso. Esta fotografía de la actualidad egipcia que construimos leyendo lo que otro, con intereses creados contaban, estaba lejos de la realidad. El Cairo no era ni más ni menos peligroso que cualquier otra capital del mundo. Su gente estaba movilizada y comprometida, pero obviamente eso no implicaba ningún riesgo para nadie más que los que detentaban el poder de manera fraudulenta.

Las pirámides

Yo siempre me imaginé que las pirámides quedaban en el medio del desierto, que había que caminar horas bajo el sol para llegar, programando cuánta agua era necesaria para la travesía, pero no, Keops, Kefren y Micerinos estaban, ahí nomás, cruzando la calle desde nuestra habitación. Las pirámides están en el medio de un barrio empobrecido, con una autopista que pasa ahí atrás, a no muchos metros. Esto no quita que las pirámides no sean impresionantes, el sólo hecho de pensar en la organización de la comunidad entorno a su construcción, la cantidad de trabajo y sudor, las vidas que vieron pasar, me eriza la piel. Sin embargo, no son algo perdido en el medio de la nada, están ahí entre los comerciantes que intentan vender sus artículos, entre los dueños de camellos que no se cansan de ofrecerte un paseo por el predio, entre mucha gente que lleva adelante sus días de mucho trabajo y poca paga y que ya naturalizó las pirámides como parte del paisaje.

Guiza 2

Por el barrio de Guiza comimos los falafel más ricos de todo Egipto, mientras los vecinos llevaban en andas el cajón fúnebre de uno de ellos que ya había pasado a mejor vida, la gente se agolpaba para comprar el pan subvencionado por el gobierno, los más chicos se acercaban a jugar con nosotros. En medio de la revolución, por las calles de Egipto, me sentí segura, y esto no es poca cosa tratándose de un país árabe y musulmán donde más de las tres cuartas partes de las mujeres están la mayor del tiempo en sus casas, no trabajan ni tienen mucha presencia en la escena pública y cuando la tienen, es bajo sus ropajes negros y holgados. Lo que sucedía allí es que la comunidad se involucraba permanentemente en la cosa pública, cualquier cosa que sucediera en la calle, una pelea, un choque, un niño perdido hacía que todos y cada uno tomaran parte en el asunto. Por lo tanto, uno nunca se sentía solo, desamparado. Esta característica fue una de las cosas que más admiré de los egipcios, su capacidad de involucrarse, de interesarse por el otro. Guiza no era un lugar bello, era amenazante, vertiginoso, sucio y, sin embargo, uno se sentía seguro comiendo en la orilla de la vereda, viendo los camellos pasar, pero ya ven, al igual que las imágenes que nos venden de las pirámides, no todo es lo que parece.

Guiza 1

Cuando nos mudamos al centro del Cairo, el hotel donde paramos no era como en las fotos, los edificios de la ciudad eran muy antiguos, algo lúgubres y derruídos, cada entrada era aventurarse en un nuevo mundo, ya que las construcciones albergaban en sus distintos pisos los más variados negocios, casas de familia, hoteles y quien sabe que más.

Edificios del Cairo

El primer impacto fue algo temerario pero después descubrimos que todos los inmuebles tenían las mismas características y que como la andanza de perderse en las callecitas del Cairo, entre mercados y mezquitas, era todo un acontecimiento vagar por sus antiguas edificaciones, viajar en sus ascensores de madera con puertas manuales, subir las grandes escaleras de mármol y descubrir en cada piso una nueva historia que contar.

Mezquitas del cairo

Centro del Cairo

El taxi que nos llevó desde Guiza hasta el centro no fue la excepción. El recorrido debía costar algo de 20 liras turcas según nuestros cálculos y el taxímetro que rápidamente fue apagado por el conductor, pero si bien el taxista parecía agradable, cuando nos bajamos del taxi intentó cobrarnos mucho más de lo debido. Tampoco sentado al volante parecía tener el tamaño que tenía cuando se bajó del auto en medio de nuestra pelea. Y allí estábamos discutiendo con un grandote frente al alojamiento sin poder llegar a un acuerdo. En menos de unos minutos la policía y varios vecinos se hicieron presentes en medio de la calle repleta de autos.

Tránsito en el Cairo

Nosotros estábamos con las mochilas y lo único que queríamos era llegar, siempre nos parece una mala idea la de tomar un taxi pero a veces es necesario. Habitualmente intentamos negociar el precio al inicio para no tener ningún problema, pero como el taxista accedió a poner el taxímetro, cosa muy poco común por cierto, pensamos que nos habíamos eximido del engaño. Finalmente, ganamos la batalla, porque insistimos y porque la mayoría estaba a nuestro favor. La situación era horrible porque nosotros podíamos darnos cuenta que el país estaba en una crisis total de desigualdad y opresión para todos los trabajadores, pero tampoco íbamos a permitir que sacaran ventaja sobre nosotros que también habíamos hecho mucho esfuerzo para estar allí.

Por suerte y para pasar el mal trago, cuando llegamos al hotel nos recibió cálidamente Mohamed, un joven que creía fervientemente en la revolución y en la posibilidad de cambiar la realidad. Con el primer té de muchos empezamos a hablar de la situación política, de los deseos de libertad y justicia de la sociedad egipcia, la sangre corría ferviente por nuestras venas, parecía como si nos hubiésemos despertado de un sueño profundo invadidos por las ganas de correr a conquistar nuestros ideales. Mohamed es de esas personas que inspiran, que te invitan a cuestionarte, que se cuestionan.

Ese mismo día, él nos presentó a Mohamed y Adam. Nuestro primer encuentro fue muy agradable, tal es así que nos invitaron a cenar esa misma noche. Para nosotros, era raro que alguien que no conocíamos nos invite a cenar, a su vez eran mis primeros días en Egipto y todavía no me había acostumbrado a una situación que se repetiría más a menudo de lo que deseaba: ser la única mujer entre todos hombres, en los bares, en los hoteles, en los micros.

Esa noche hablamos principalmente de cómo era la vida en nuestros respectivos países, nuestras actividades en el día a día, dónde trabajábamos, cómo eran la relaciones entre hombres y mujeres, que hacíamos los fines de semana para despejarnos y descansar. “Los palestinos jugamos al fútbol con granadas” nos dijeron riéndose en la cena. Un chiste que representaba bastante claramente lo que la mayoría piensa del pueblo palestino. Esa noche tomamos conciencia de la masacre, de la injusticia, de la miseria de este mundo. Sí, ya lo sabíamos pero verlo en los ojos de las víctimas no fue lo mismo. Saber que no tienen estadios, que no hay espacios públicos para compartir, espectáculos, aeropuertos, que todos perdieron a alguien de su familia, instaló en nosotros un profundo interrogante: ¿Por qué nos matamos entre nosotros? ¿Por qué?

La noche supo aligerar los pesares, entre café y narguile intercambiamos experiencias de vida y tantas cosas que no eran lo que parecían: el amor, la religión, nuestras culturas. Lo que más nos gusta de conocer gente es descubrir y tratar de entender la vida ajena, los deseos y los ideales del prójimo… y comprender finalmente que todo, todo, es muy relativo y distante de las miradas llenas de prejuicios e imágenes armadas con las que observamos el mundo cotidianamente.

Mohamed, Mohamed y Adam