Las vicisitudes de compartir la morada. Alojamiento en Nueva Zelanda y mandados, Parte 2

Si ya conseguiste alojamiento (si todavía estas buscando lee Conseguir alojamiento en Nueva Zelanda), lo que sigue es salir a hacer los mandados. Y sí, mal que nos pese, si queremos ahorrar un poco nos conviene mandadear y cocinar. Aquí te dejo un link para que te organices a la hora de Hacer las compras en Nueva Zelanda y a continuación, la continuación de nuestras experiencias compartiendo casa!

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Acto dos. Casa dos.

Mount Victoria

Mount Victoria mi vecindario de bienvenida aunque esta era mi segunda casa.

La primera impresión cuando conocí a Locati fue: hay algo en su mirada que me hace sentir perdida, algo en sus manos que me dan cierta tristeza. Pero las condiciones eran buenas y pensé que, tal vez, era un juicio apresurado. Unos meses después confirmé una vez más que las primeras impresiones cuentan, porque justamente lo que determinó mi huida fue sentirme perdida con sus cambios de humor, sus ironías y el pesar que generaba en mí su desidia, su melancolía.

Después de la puerta, la escalera que subía a mi habitación, un pasillo zigzagueante y al final la cocina. Me gustaba la luz que entraba por la ventana, la que dejaban pasar las casas del final de la colina de enfrente. Siempre busco la luz, me gustaba sentarme al calor natural que generaba el sol a través del vidrio y pasar ahí el rato. Entre la mesa y la mesada no había mucho espacio, para estar realmente cómodos, cuando éramos más de dos, debíamos armar un rompecabezas con las sillas, ya que las mismas solo admitían una combinación posible. Sobre la mesada, la pava eléctrica y la tostadora y algunas migas olvidadas del desayuno.

Pero…un momento…¿Dónde está la tostadora? Cuando las cosas habitan siempre el mismo lugar y un día deciden mudarse, de manera inminente uno registra su falta y parece que está desordenado o demasiado ordenado, en fin, diferente. Busqué en una cocina que era lo suficientemente chica como para encontrar todo en no más de cinco minutos. En la mesada: no. En la mesa: no. En el armario: no. Sobre la heladera: no. ¿Dónde está la tostadora?

Me pareció raro, estaba segura de haberla visto esa misma mañana en su lugar. Hice una segunda repasada visual, porque tal vez había descuidado algún rincón y ante la negativa, decidí bajar a preguntarle a Locati el paradero de la tostadora.

Tirado en la alfombra, de costado, sosteniéndose la cabeza con una mano, estaba Locati. Me miró desde abajo y me saludó tranquilamente, como era su costumbre. Al instante, como resultado de un rápido registro panorámico, vi la tostadora, junto a él, también en el piso. Que raro, pensé. -Buscaba la tostadora- le dije, tratando de desentrañar por qué la tostadora estaba en el piso de su habitación. Tal vez se había roto, se me ocurrió. -Ah, sí, la tengo yo, la traje acá porque me quería fumar un cigarrillo y no encontré el encendedor, pero ya la subo- me dijo tranquilamente, como era su costumbre.

Subí la escalera, todavía pensando en la relación de los hecho que me describió como tan normales, quiso fumar, no encontró el encendedor, entonces agarró la tostadora y la llevó a su pieza para prender sus cigarros… después de repasar dos o tres veces la idea, todavía me resultaba de una rareza extraordinaria prender un cigarrillo con la tostadora, pero así era él.

Final del acto dos

*

Si todavía no la viste, te podés mirar Una casa de locos (hacé click sobre el nombre), una película divertida que aborda este tema…

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