Mis anteojos nuevos

Canto horrible pero no me importa.

canto

Hace algunos días alguien llamado “mi papá” me dijo: vos lo que tenes que hacer, es hacer cosas, crear. Y yo pude entender el sentido más profundo de esa sencilla frase. Accionar, moverse, llevar nuestras ideas y deseos a la práctica es algo primordial para sentirse vivo, andando. Porque después de todo cuánto importa si lo que hacemos está bien o mal, si es bueno o malo. Donde está ese criterio absoluto que divide al mundo y nuestras acciones en un par binario donde no existen más opciones, bueno y malo, blanco y negro, rico y feo, cerca y lejos…

Entonces me decidí a hacer todas las cosas que me gustaban, aunque el resultado fuera malo según esta organización categórica del mundo limitada a un par de opciones. Iba a dejar todo tipo de exigencia en el placard y me iba a concentrar pura y exclusivamente a hacer aquello que me permitiera disfrutar, aunque lo hiciera de una forma pedorra. E iba a reivindicar esta nueva categoría, tan denostada por el mundo de la excelencia al cual adscribí acríticamente durante toda mi vida.

Empezaría a regocijarme en esos comentarios que antes me fastidiaban como repetidos pinchazos de cuchilla: “pero no te sale bien”, “y bueno por ahí tenes que seguir practicando”, “si… está bien, un poco incoherente tal vez”, “¿pero exactamente cuál es tu idea? porque es un poco inconcluso”. Pedorramente me iba a pasear por la vida aunque más liviana, más etérea, más real. A su vez, comenzaría un ejercicio diario de evaluar el mundo a través de una nueva estructura de categorías, pedorra sería mi preferida pero después habría otras, ni mejores ni peores…la lista no estaba definida pero algunas de las categorías serían indiferentemente, con el corazón, a la pasada, sin ganas, soberbio, con brillo, fucsia, celeste claro, con olor a rancio, groncho, vibrante… Tendría que caracterizar cada una de esas categorías que obviamente no guardarían relación unas con otras, ni existiría jerarquía entre ellas para después organizar mi mundo con las mismas. Sería tanta la ansiedad que casi con culpa por no haber finalizado la tarea de definición usaría como a escondidas mis anteojos categóricos. Me pasearía por la vereda, anteojada, fucsia, orgullosa y miraría a través de ellos los nuevos árboles, las nuevas casas y descubriría todo lo que antes no podía ver con mis antiguos anteojos de poco aumento.

Todo esto de las categorías me recordó un libro que había leído unos años atrás. El libro hablaba de los valores que inventamos, construimos y reproducimos para aprehender el mundo y evaluar nuestro paso por él, cuán arbitrarios se nos aparecen cuando tomamos distancia de ellos. Me puse a revisar el libro, intentando leer sus páginas como quien bebe agua a borbotones, queriendo saciar una sed de varios días. Estaba buscando esa vibración que sentí con la primera lectura, pero ya no estaba allí, como a Funes* le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente), a mi me molestaba que el libro de hace un par de años ya no fuese el mismo. El libro entre otras cosas hablaba de la moral: “…se «sabe» hoy qué es el bien y qué es el mal. Por ello tiene que sonar duro y llegar mal a los oídos el que nosotros insistamos una y otra vez en esto: es el instinto del animal gregario hombre el que aquí cree saber, el que aquí, con sus alabanzas y sus censuras, se glorifica a sí mismo, se califica de bueno a sí mismo: ese instinto ha logrado irrumpir, preponderar, predominar sobre todos los demás instintos, y continúa lográndolo cada vez más, a medida que crecen la aproximación y el asemejamiento fisiológicos, de los cuáles él es síntoma. La moral es hoy en Europa moral de animal de rebaño: – por lo tanto, según entendemos nosotros las cosas, no es más que una especie de moral humana, al lado de la cual, delante de la cual, detrás de la cual son o deberían ser posibles otras muchas morales, sobre todo morales superiores. Contra tal «posibilidad», contra tal «deberían», se defiende esa moral, sin embargo, con todas sus fuerzas: ella dice con obstinación e inflexibilidad: «¡yo soy la moral misma, y no hay ninguna otra moral!» – incluso se ha llegado, con ayuda de una religión que ha estado a favor de los deseos más sublimes del animal de rebaño y los ha adulado, se ha llegado a que nosotros mismos encontremos una expresión cada vez más visible de esa moral en las instituciones políticas y sociales: el movimiento democrático constituye la herencia del movimiento cristiano. Ahora bien, que el tempo [ritmo] de aquel movimiento les resulta todavía demasiado lento y somnoliento a los más impacientes, a los enfermos e intoxicados del mencionado instinto, atestíguanlo los aullidos cada vez más furiosos, los rechinamientos de dientes cada vez menos disimulados de los perros-anarquistas que ahora rondan por las calles de la cultura europea…”(F.N. Más allá del bien y del mal). 

Volví a tocar mi guitarra y canté, sin categorías, sin valoraciones, y me sentí feliz.

 

*Funes el memorioso de Jorge Luis Borges

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